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JOSÉ ECHEGARAY

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José Echegaray y Eizaguirre (Madrid,19 de abril de 1832 - Madrid,14 de septiembre de 1916) fue un Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, matemático, dramaturgo y político español, hermano del comediógrafo Miguel Echegaray.

José Echegaray fue un polifacético personaje de la España de finales del siglo XIX. Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, por la Escuela de Madrid, matemático, dramaturgo, político... con excelentes resultados en todas las áreas en las que se involucró. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1904, y desarrolló varios proyectos en ejercicio de las carteras ministeriales de Hacienda y Fomento. Realizó importantes aportaciones a las matemáticas y a la física. Introdujo en España la geometría de Chasles, la teoría de Galois, las funciones elípticas. Está considerado como el más grande matemático español del siglo XIX. Julio Rey Pastor afirmaba: Para la matemática española, el siglo XIX comienza en 1865 y comienza con Echegaray.

Nació en Madrid el 19 de abril de 1832 (en algunas publicaciones parece el año 1833). Su padre, médico y profesor de instituto, era de Aragón y su madre de Navarra. Pasó su infancia en Murcia, donde realizó los estudios correspondientes a la enseñanza primaria. Fue allí, en el Instituto de Murcia, donde comenzó su afición por las matemáticas.
 
Con el objeto de preparar el ingreso a la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, se trasladó con catorce años a Madrid, donde ingresó en el recién creado Instituto de Segunda Enseñanza San Isidro. Cumplidos los veinte, salió de la Escuela de Madrid con el título de Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, que había obtenido con el número uno de su promoción, y se tuvo que desplazar a Almería y Granada para incorporarse a su primer trabajo.
 
En su juventud leía a Goethe, Homero y Balzac, lecturas que alternaba con las de matemáticos como Gauss, Legendre y Lagrange.
 
José Echegaray mantuvo una gran actividad hasta su muerte, ocurrida el 14 de septiembre (en algunas publicaciones aparece el día 4) de 1916 en Madrid. Su extensa obra no dejó de crecer en la vejez: en la etapa final de su vida escribió 25 ó 30 tomos de Física matemática. Con 83 años comentaba: No puedo morirme, porque si he de escribir mi Enciclopedia elemental de Física matemática, necesito por lo menos 25 años.  Wikipedia

RETRATOS: JOSÉ ECHEGARAY (Alicia Delibes)



En 1904 el Premio Nobel estaba dando sus primeros pasos y aún no había alcanzado el prestigio mítico que después habría de acompañarle. En Literatura era, más bien, un premio destinado a honrar toda una vida dedicada al cultivo de las letras. Por eso, en 1901, el primer Nobel fue el hoy olvidado poeta francés Sully-Prudhomme; en 1902, el gigantesco historiador alemán de la antigüedad, Mommsen; y en 1903 el digno dramaturgo noruego, vecindad obligaba, Björnson. En 1904 la Academia Sueca quiso mirar al Sur y salomónicamente repartió su Premio entre un poeta provenzal, Frédéric Mistral y un polígrafo español, José Echegaray. Echegaray en 1904 no era considerado un dramaturgo excepcional y, aunque desde 1874 había estrenado con éxito decenas de obras en prosa y en verso, su producción teatral había recibido críticas severas de autores tan solventes como Clarín o la Pardo Bazán.

Pero si bien nadie le consideraba un genio de la literatura, ni por supuesto él mismo, que siempre mantuvo una actitud de distanciamiento crítico hacia sus obras dramáticas, la verdad es que en ese principio de siglo Echegaray gozaba en España de un inmenso prestigio intelectual, científico, social y político.

Su acendrado liberalismo, ya expresado en escritos suyos de los años 50, su acertada gestión de gobierno desde las carteras de Hacienda o Fomento, su constante defensa de las libertades individuales y religiosa en el Parlamento y la reconocida calidad científica de sus trabajos de investigación matemática y física, le concedían un prestigio que no podía empañar la calidad discutible de sus dramas, escritos con oficio y facilidad, pero que él mismo consideraba divertimentos que, eso sí, le dieron más dinero que todas sus esforzadas investigaciones científicas.

¿Cómo se les ocurrió a los suecos premiar a este magnífico matemático, intachable liberal, honrado político y mediano dramaturgo? Probablemente debió influir el hecho de que en abril de 1895 se estrenara con enorme éxito en el Teatro Real de Estocolmo una versión sueca del dramón de don José, O locura o santidad. Y sin duda influyó el dato de que la comunidad científica europea, el único nombre español que alcanzaba a pronunciar con respeto era el suyo. Pero ese respeto generalizado por la personalidad científica y pública de Echegaray se tornó, al recibir el premio Nobel, en inquina manifiesta hacia su obra dramática por parte de los jóvenes escritores que hoy llamamos de la "generación del 98".

Cuenta Andrés Trapiello en su obra Los nietos del Cid (1997): "Valle Inclán que fue uno de los muchos españoles dotados con el don del insulto, lo llamó 'el viejo idiota'.

El insulto prosperó. Pero esos años después de que le fuese concedido el Premio Nobel, se dijo que Valle Inclán, sólo por comprobar su acierto, le había dirigido una carta con tal anotación en el sobrescrito: 'el viejo idiota', y que la carta había llegado".

Azorín, Baroja, Unamuno, los Machado, Rubén Darío, Maeztu y Valle Inclán, entre otros, firmaron un manifiesto acusándole de representar a una España "corroída por los prejuicios y la superchería". Esta acusación resulta sorprendente hacia aquél que el 11 de marzo de 1866 en su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias, tras hacer un maravilloso recorrido por el mundo matemático a través de los siglos, se quejaba de no encontrar en toda la historia de la ciencia matemática "nombre alguno que labios castellanos puedan pronunciar sin esfuerzo". Y cuando buscaba explicación a esta carencia de nuestra tierra, sin temor a las consecuencias que su atrevido discurso pudiera traerle, los científicos allí reunidos le oyeron pronunciar estas palabras: "Pero no: si prescindiendo de aquellos siglos en que la civilización arábiga hizo de España el primer país del mundo en cuanto a la ciencia se refiere, sólo nos fijamos en la época moderna, y comenzamos a contar desde el siglo xv, bien comprendéis que no es ésta, ni puede ser ésta, en verdad, la historia de la ciencia en España, porque mal puede tener historia científica, pueblo que no ha tenido ciencia. La imperfecta relación que habéis oído, es resumen histórico de la ciencia matemática sí, pero en Italia, en Francia, en Inglaterra, en Holanda, en Alemania, en Suiza, que es donde renace la geometría cartesiana, la teoría de ecuaciones, el análisis algebraico, la teoría de los números, los cálculos del infinito, el análisis indeterminado, el cálculo combinatorio, la moderna geometría trascendente y la teoría de las curvas: es la historia de la ciencia allá donde hubo un Viete, un Descartes, un Fermat, un Harriot, un Wallis, un Newton, un Leibnitz, un Lagrange, un Cauchy, un Jacobi, un Abel; no es la historia de la ciencia, aquí donde no hubo más que látigo, hierro, sangre, rezos, braseros y humo".

Dudo que los escritores del 98 conocieran este discurso de Echegaray, dudo que supieran la importancia científica de su viejo idiota aquellos sobre los que Ricardo Baroja escribió: "Noté en el Café de Madrid que el tema favorito de las conversaciones era literario. Alguna vez se habló de pintura y de escultura, jamás de música ni de nada científico. Me extrañó que no todos, pero sí la mayoría de los principiantes literarios, fueran incapaces de multiplicar un número de dos cifras por otro de dos" (Ricardo Baroja, Gente de la generación del 98). No es pues de extrañar que no se dieran cuenta de la importancia matemática de Don José, y que con su crítica destructiva demolieran la imagen del que fue el mejor matemático del siglo XIX. Lo que resulta extraño es el poder destructivo de estos magníficos literatos, que ha hecho que, un siglo después, Echegaray sea considerado un pésimo dramaturgo y casi nadie sepa que según nos dejó dicho el indiscutible matemático de nuestro siglo, don Julio Rey Pastor: "Para la matemática española el siglo XIX comienza en 1865, y comienza con Echegaray"   (Discurso inaugural del IV Congreso de La Asociación para el Progreso de las Ciencias,  Valladolid, 1915).

José de Echegaray y Eizaguirre nació en Madrid el 19 de abril de 1832 de padre  aragonés y madre navarrica. Su infancia transcurrió en Murcia, en cuyo instituto  descubrió su pasión por las matemáticas. A los 14 años llegó a Madrid para preparar su ingreso en la Escuela de Caminos, de la que salió ingeniero a los 20 años con su primer empleo en Almería.

De sus lecturas juveniles él decía que había alternado Goethe, Homero y Balzac con las de grandes matemáticos como Gauss, Legendre y Lagrange. En 1854 llega a Madrid para hacerse cargo de la secretaría de la Escuela de Caminos. A los 32 años, el tres de abril de 1864 es elegido miembro de la Real Academia de las Ciencias Exactas, cuyo discurso de ingreso, al que ya me he referido, levantó una gran polémica. A propósito de dicho discurso, los periodistas Luis Antón del Olmet y Arturo García Carraffa en su libro Echegaray (Madrid, Imprenta de "Alrededor del mundo", 1912) escribieron: "Y como el discurso resultara áspero, crudo y hasta agresivo, produjo, a pesar de las felicitaciones y elogios de rúbrica, pésimo efecto en algunos centros y colectividades.  Hay que tener en cuenta que en aquella época, todo lo que fuera rebajar a España, o empañar sus glorias, se recibía con censura, pues no ocurría entonces lo que desgraciadamente ocurre ahora, que los que escarnecen a la patria encuentran aplauso y simpatía en muchos sitios. Muchos periódicos combatieron su discurso. Los revolucionarios atacaron sus tendencias liberales; los liberales le acusaron de maltratar a la Ciencia Española y la polémica fue ruda porque D. José contestó a todos en el mismo tono que había empleado en su discurso".

Tras la revolución del 68 y la entrada de Prim en Madrid, Ruiz Zorrilla nombra a Echegaray Director General de Obras Públicas. En 1870 forma parte, junto con Topete y el general Berenguer, de la comisión que fue a Cartagena para recibir al rey Amadeo de Saboya. En el verano del 72, Ruiz Zorrilla recibe el encargo de formar un nuevo Gobierno y Zorrilla llama a Echegaray para que ocupe la cartera de Fomento. Amadeo abdica el 11 de febrero de 1873, los zorrillistas abandonan el campo, los republicanos se hacen dueños de la situación hasta la entrada de Pavía con las fuerzas armadas en el Congreso en enero de 1874. Se forma un gobierno de concentración presidido por el duque de la Torre, que llama de nuevo a Echegaray para ser ministro de Hacienda. Es entonces cuando da al Banco de España carácter de banco nacional.

Cuando deja el ministerio de Hacienda, se retira de la vida política y se dedica a la creación literaria. Estrenó 67 obras de teatro, 34 de ellas en verso. En 1882 es elegido miembro de la Academia de la Lengua. En noviembre de 1904 recibe el telegrama que le notifica la concesión del premio Nobel, premio que le fue entregado en Madrid, el 18 de marzo de 1905 por el Rey y la comisión sueca organizadora.

En 1905 vuelve de nuevo a la política, esta vez como ministro de Hacienda. Es posible que la gloria alcanzada en el mundo de las letras no fuera totalmente merecida, pero no siempre los grandes hombres son premiados en el terreno en el que más se lo merecen, basta recordar que el insigne matemático Bertrand Russell también fue premio Nobel de Literatura. Pero ante la biografía de Echegaray resulta difícil comprender la razón del olvido de un hombre que fue cuatro veces ministro, premio Nobel por sus obras de teatro y, por encima de todo, el mejor matemático que tuvo España en el siglo XIX.

Del Olmet y García Carraffa le preguntaban a D. José sobre estas tres actividades tan distintas de su vida y él contestaba: "Las matemáticas forman una salsa que viene bien a todos los guisos del espíritu. Las matemáticas armonizan con la música y con el arte en general. Ocasiones hubo en que el afán y la necesidad de ganar dinero me animaron a cultivar la dramática. Pero mi afición a las matemáticas fue constante, era más desinteresada, más pura, más honda, más grande, en una palabra. La política está por debajo de estas otras aficiones. Nunca encontré en ella ese placer íntimo que las matemáticas y la literatura me producían. Reconocí siempre que la política era necesaria en las sociedades modernas, porque con todas sus impurezas es elemento de progreso. Pero nada más. Fui político leal y sincero, y a veces político ardiente, pero la fiebre pasaba pronto y me quedaba tan tranquilo".

¿Por qué esa descalificación tan absoluta de un hombre que fue un dramaturgo aficionado, un político comprometido y un apasionado matemático?

No encuentro más pecado en él que el de haber pertenecido a un siglo del que Thomas Mann dijo: "Doy gracias al cielo por haberme nacido en 1875, y poder así participar de un cuarto del siglo más excelente de la historia, excelente por haber sido un siglo fundamentalmente burgués y liberal".
Alicia Delibes
Retratos: José Echegaray
La ilustración liberal (Libertad Digital)

LA DUDA (José Echegaray)

La actriz María Guerrero, por Soroya (1906)
(protagonista femenina en varias obras de Echegaray
y, en concreto, en el papel de Amparo de La duda)
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Escena IV
DOÑA ANDREA, RICARDO, DON LEANDRO y DON BRAULIO. DON LEANDRO y DON BRAULIO vienen hablando entre sí y con cierto misterio.

DOÑA ANDREA.-  Los esperábamos a ustedes con impaciencia.
DON BRAULIO.-  ¡Ah, querida Andrea!
RICARDO.-  ¿Se marcharon ya los doctores?
DON LEANDRO.-  Sí, señor; pero prometieron volver.
 
RICARDO.-  ¡Por Dios, no me oculten ustedes la verdad! ¿Qué han dicho?
DON LEANDRO.-  Consideran que el caso tiene importancia, mucha importancia.
DON BRAULIO.-  Pero, esa importancia puede ser mayor o menor.
DON LEANDRO.-  Tal vez una gran sacudida, un momento terrible, produjera una crisis salvadora.
RICARDO.-  Pero ¿mi Amparo ha perdido la razón para siempre? Eso es lo que yo quiero saber; quiero la verdad como ella sea. Soy hombre, y a un hombre se le dicen las cosas como son.
DOÑA ANDREA.-  Dice bien Ricardo. La verdad es lo primero.
DON LEANDRO.-  Mire usted, Ricardo, los médicos están conformes en que el origen de estas perturbaciones mentales de nuestra pobre Amparo, más que de carácter físico, es de carácter moral: un gran dolor del alma.
DON BRAULIO.-  ¿Comprende usted? Si yo tomo la mano de nuestra querida amiga  (Le coge la mano a ANDREA.)  y con un alfiler hiero una vez y otra vez, y ciento y mil veces, su cutis suavísimo, ¿no es verdad que destruiré la delicada epidermis y que al cabo de algún tiempo habré producido una gravísima herida? ¿No están ustedes conformes?  (ANDREA retira su mano.)
DOÑA ANDREA.-  Sí, señor; pero déjeme la mano, que sólo con pensarlo ya me duele.
DON BRAULIO.-  ¡Ah! ¡Ahí tienen ustedes!  (Con tono triunfante.)  «¡Sólo con pensarlo!», dice usted, y dice perfectamente; ahí tiene usted «al pensamiento, a la idea» hiriendo el cutis como si fuera un alfiler de acerada punta. Pues bien, señora; pues bien, amigo don Ricardo: en Amparo hay una idea fija que hiere una y otra vez su delicado cerebro como aguzado punzón, y nada tendría de extraño que al fin destruyese su delicado organismo cerebral.
RICARDO.-  ¡Basta, basta! ¡No más, por Dios!...  (Se retira y se deja caer en un sillón en segundo término.)
DON BRAULIO.-  No digo, ni dicen los médicos, que haya sucedido ni que suceda; pero no dicen «que no pueda suceder».
DOÑA ANDREA.-  ¡Qué angustia!
DON LEANDRO.-  Muy grande para todos.
DON BRAULIO.-  Porque hay más. Los doctores lo explican a maravilla, y voy a explicárselo a ustedes. Déme la mano, señora.
DOÑA ANDREA.-  Yo, no.  (Ocultando la mano.)  Martirice usted la de mi marido.
DON LEANDRO.-  Muchas gracias, querida.
DOÑA ANDREA.-  Silencio... ¿No oyen ustedes? ¿No oye usted, Ricardo?
RICARDO.-   (Levantándose y acercándose a la puerta.)  Sí..., un rumor... Sí..., vienen... Viene Amparo... Otra vez... Otra vez... ¡Yo creo que me va a saltar el corazón!



Escena V
DOÑA ANDREA, DON LEANDRO, DON BRAULIO, RICARDO y CARMEN, que entra de prisa.
  
CARMEN.-  ¡Ahí vienen!... ¡Ahí viene Amparo!
RICARDO.-   (Con ansiedad suprema.)  ¿Pero otra vez con el delirio?
CARMEN.-  No; yo creo que no. Está alegre y tranquila.
RICARDO.-   (Con esperanza.)  ¿Sí?  (Todos rodean a CARMEN.)
CARMEN.-  Y habla cosas muy razonables. ¡Si vieran ustedes qué voz tan dulce.... qué miradas tan cariñosas!...
RICARDO.-   (Con alegría.)  ¿De veras?
CARMEN.-  ¡Cómo acaricia a su madre! ¡Ahora está recordando su infancia..., toda su infancia!
RICARDO.-   (Con desesperación.)  ¡Otra vez! ¡Otra vez! ¡Otro accidente!
DOÑA ANDREA.-  ¡Pobre criatura!
CARMEN.-  Pero ¿por qué dicen ustedes eso? ¿Por qué se alarman?
DON LEANDRO.-   (En voz baja, a CARMEN.)  Es la locura..., la locura. Cuando le da uno de esos ataques, recuerda toda su vida pasada.
CARMEN.-  ¡Ay Dios mío! ¡Y yo que venía tan contenta! ¡Por eso lloraba tanto Ángeles!
DON BRAULIO.-  ¡Muy grave! ¡Muy grave!





Escena VI
  
DOÑA ANDREA, CARMEN, RICARDO, DON LEANDRO, DON BRAULIO, ÁNGELES y AMPARO. AMPARO entra abrazada a su madre; su actitud, su entonación, los matices, los momentos de arrebato, todo queda encomendado al talento y a la inspiración de la actriz.

AMPARO.-  ¿Adónde llevas a tu Amparo, mamita? Irá a donde quieras, pero no la dejes. ¡No; ella quiere estar siempre contigo! Aunque es niña, me parece que ha sido grande y sabe lo que es el mundo, y al fin querrán separarla de ti. ¡No; siempre, siempre en tus brazos!  (Se sientan y se abrazan cuando la actriz lo crea oportuno.)
ÁNGELES.-  ¡Siempre, alma mía!
AMPARO.-  ¡Así!... ¡La felicidad!... ¡Soy muy feliz! Tú me quieres mucho, ¿verdad?
ÁNGELES.-  ¡Con todo mi corazón!... Por ti doy mi vida. ¡Tómala! ¡Tómala!
AMPARO.-  ¿Para qué? ¡Si ya tengo muchísima vida! Pero ¿por qué lloras? ¡No llores, si yo estoy muy alegre!
ÁNGELES.-  No..., si no lloro.
AMPARO.-  Bueno, así. Mira..., mira..., todos ésos, ¡qué envidia tienen!
RICARDO.-  ¡No puedo, Dios mío, no puedo!
AMPARO.-  ¿Qué dice ése?... A ver.... a ver..., yo le conozco...  (Se levantan, y AMPARO se acerca a RICARDO.)  ¡Toma! ¡Si es Ricardo!... ¡Pero ves, mamá, qué imprudente!...  (Excitándose.)  ¡Si tú no debes estar aquí todavía! ¡No ves tú que Amparito es muy niña!... ¡Si todavía no te conoce!... ¡Ah, qué empeño en contrariarme!...  (Volviéndose a su madre.)  ¡Y dice la quiere tanto! ¡Y es todavía una niña y viene aquí a separarnos y a quitarle la única felicidad que tiene! ¡La única que ha de tener en este mundo, porque ahora tú eres su madre y ella es tu hija, y estamos en el cielo!.... y luego, ¿quién sabe?.... ¿quién sabe?  (Se pasea, agitadísima.)  ¡Vete!.... ¡vete!...  (A RICARDO.)  ¡que ya te llegará tu hora!...  (Se abraza a su madre.)  Dile que se vaya.... que a ti te obedecerá...  (Se abraza, llorando, a su madre.)
ÁNGELES.-  ¡Ricardo!
RICARDO.-  ¡No puedo más!  (Sale llorando y desesperado.)
AMPARO.-   (Sin dejar de abrazar a su madre, mira como a hurtadillas.)  ¡Se va.... te obedeció!... Y a mí no me obedecía...  (Se queda pensando.)  ¿Por qué te obedece a ti y a mí no me obedecía? ¿Por qué?.... ¿por qué?...  (Empieza a ponerse excitada.)



Escena VII

AMPARO, ÁNGELES, DOÑA ANDREA, CARMEN, DON LEANDRO y DON BRAULIO.



DOÑA ANDREA.-   (En voz baja, a LEANDRO.)  ¡No sé cómo puede resistir la pobre Ángeles!
DON LEANDRO.-  Le cuesta la vida.
CARMEN.-  ¡Pobre Amparo!
DON BRAULIO.-  Una situación muy triste.  (Todos están en segundo término, observando; en primer término, ÁNGELES y AMPARO.)
 
AMPARO.-  Al fin.... al fin me dejó respirar. Pero ésos.... ¿qué hacen ésos?... Hablan en voz baja y miran. ¿Qué dirán?... ¿Dirán algo de nosotras?... Te voy a contar una cosa, mamita.
ÁNGELES.-  Lo que tú quieras; sí, cuenta, cuenta. Amparito mía.
AMPARO.-  Una cosa que vi ayer..., cuando me paseaba en el jardín. Había un nido en un árbol, y se había caído un pajarito; se había caído y estaba sobre la tierra húmeda, anhelante, sin pluma todavía, ¡que se le veía la carnecita..., y el corazón palpitaba!..., ¡palpitaba!.... así palpita, tan afanoso como aquél, el mío..., pon la mano.... mamita...  (Le hace poner la mano.)  ¿Verdad?.... ¿qué dices?... ¿lo sientes?
ÁNGELES.-  ¡Sí, ángel mío!... Sigue...
AMPARO.-  ¿Qué he de seguir?.... ¿qué contaba?... No sé..., no sé...
ÁNGELES.-  Sí; el cuento del pajarito que viste...
AMPARO.-  ¡Ah!.... sí..., pues alrededor del pobre cuerpecito se había reunido un enjambre de moscas y moscones,, feos, negros, repugnantes.... y volaban y revolaban..., y se apiñaban sobre el sitio del corazón, mordiéndolo, pisoteándolo, torturándolo... ¿Por qué digo esto?... No sé...
ÁNGELES.-  No sé yo tampoco.
AMPARO.-  ¡Ah!, sí.... aquel corazón era como el de Amparito, y la gente.... todos.... todos... ésos.... cuantos la rodean.... los que fingen acariciarla..., son como los moscones aquellos...; quieren morder, quieren pisotear, quieren desgarrar su corazón... ¡Ah!.... malditos, malditos, ¿qué os ha hecho su corazón?  (Casi llorando.)  ¡Si el pobre no hace más que dar latidos muy suaves..., muy débiles..., unos latiditos tan pequeños que no se sienten!... Si no los sentís.... si no hacen ruido, ¡si no los siente nadie más que mi madre!.... si no son para vosotros, ¿qué os importa?:.. ¡Si son para ella!.... ¡para ella!.... ¡para ti!...  (Se abraza a su madre, llorando, y afligidísima.)
ÁNGELES.-  ¡Sí, para mí!.... ¡para mí!...  (La cubre de besos.)
CARMEN.-   (A su madre.)  ¡Yo no puedo sufrir esto!
DOÑA ANDREA.-  Es verdad... Leandro..., llévate a casa a Carmen, ya sabes que está muy delicada...
DON LEANDRO.-  ¡Tienes razón..., no es prudente!...
 
CARMEN.-   (Llorando.)  ¡Sí..., vamos..., vamos!
DON LEANDRO.-  ¡Adiós, Ángeles!.... voy a llevar a Carmen.... volveré...
CARMEN.-   (Se acerca tímidamente a AMPARO.)  ¡Adiós, Amparo!...
AMPARO.-  ¿Dices que te vas?... ¡No!... Tú eres una niña como Amparito.... una niña..., muy mona y muy simpática...  (A LEANDRO.)  ¡No!... ¡No se la lleve usted!... Esta niña se queda para jugar con Amparito. ¿Pues no sabe usted que es chiquitita?... Luego crecerá.... pero ahora... Amparo es chiquita... Ven, ven..., ven conmigo..., que vamos a jugar en el jardín.  (Se la quiere llevar.)
DOÑA ANDREA.-  ¡Amparo..., quédate con nosotros!
DON LEANDRO.-  ¡Hija mía..., no salgas al jardín!  (Impidiéndola salir.)
AMPARO.-  ¡Oh!..., déjenme..., déjenme... No sé quiénes sois... ¡Mi madre puede mandarme!... ¡Vosotros, no!... ¿Es que todo el mundo manda en mí?... ¡Señor!... ¿Por qué no ha de querer la gente que yo sea feliz?... ¿Es que los demás se alimentan con mis lágrimas?... Pero, imbéciles, ¿no sabéis que son amargas, muy amargas? ¡Aunque os apetezcan, «yo sé que os sabrán mal». ¡Ven tú..., ven.... a ti te quiero!...  (A CARMEN.)  ¡Tú eres muy buena!.... ¡también en tus ojos hay lágrimas!.... ¡en los de ésos, no!... ¡Secos,!.... ¡encendidos!.... ¡curiosos!... ¡No!..., ¡no sabréis nada!.... ¡que aquellas ascuas están más secas y muy encendidas, y queman más y consumen más que esas brasas chiquituelas y ruines que lleváis bajo las cejas!... ¡Vamos!, ¡al jardín! Sé buena... Sé buena... Ven conmigo...  (Se lleva a CARMEN.)  ¡Las dos!.... vamos..., sí.... sí..., ¡que. sí!

José Echegaray
La duda, 1898




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JOSÉ ECHEGARAY, EL NOBEL IGNORADO (Alejandro Polanco)

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Estaba ya en el declinar de su vida, cuando se apetece el reposo y el recuerdo tiene más valor que la esperanza, cuando las Academias acogedoras prolongan artificialmente la vida científica de los sabios agotados por el trabajo y todo parece invitar a la renunciación y a la comodidad. Y sin embargo, D. José Echegaray, con bríos juveniles, comenzó a explicar su asignatura y dejó en las páginas del Boletín de la Academia de Ciencias una muestra maravillosa de lo que hubiera sido su labor científica si la hubiera comenzado cuarenta años antes.
Madrid Científico, abril de 1932.



España y el Premio Nobel
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Atención, sin acudir a enciclopedias ni libros de consulta, ni tan siquiera a Internet y cualquiera de los buscadores que en su maraña de datos habitan, ¿sabría el querido lector que a estas letras se asoma citar de memoria los Premios Nobel que en la historia de España han sido hasta la fecha? He de suponer que la mayoría de quienes acepten el reto habrán repasado mentalmente el exiguo grupo de afortunados premiados. En caso contrario, amigo lector, no se preocupe, porque en algunos casos la historia los ha ido olvidando hasta que de ellos no han quedado sino algunas sombras añejas.

Ahí está nuestro galardonado más conocido hoy día, sin duda por lo reciente del caso, pues fue en 1989 cuando se distinguió a Camilo José Cela con el Premio Nobel de Literatura. El 1977 fue Vicente Aleixandre quien recibió el mismo premio, como también lo fueron Juan Ramón Jiménez en 1956 o Jacinto Benavente, en 1922. Si miramos los campos de la ciencia encontraremos todavía más escasos frutos, aunque sin duda absolutamente geniales. Santiago Ramón y Cajal recibió el Nobel de Medicina en 1906, siendo secundado en 1959 por Severo Ochoa. ¿No habrá por ahí algún escondido Nobel de Química, Física, Economía o de la Paz? No, en esas categorías nuestro país todavía no ha logrado pisar el terreno del Nobel y, sin embargo, sí tuvimos el privilegio de contar con cierto personaje ignoto que, además de ser premiado como literato bien pudo lograr algún otro Nobel científico. Me refiero a alguien que, hasta el mismo día de su muerte, a la avanzada edad de 84 años, cultivó las más diversas ramas de la ciencia, la matemática y las letras: José Echegaray, a quien se distinguió con el Premio Nobel de Literatura en 1904, siendo así el primer español en lograr una de las codiciadas medallas de factura sueca.

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Un premio polémico
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Sorprende el hecho de que, siendo sus inclinaciones y vocaciones tan amplias, fuera precisamente el Nobel de Literatura el premio con el que fuera distinguido. Hubo quien se lo tomó muy mal, recibió insultos y descalificaciones, malos aires y modos desagradables, pues la política, como en tantas otras ocasiones, se encontraba como ingrediente fundamental de la función. También hubo quien se lamentó, con profunda sinceridad, y no sin cierta razón, puesto que Echegaray había sido reconocido por ser padre de un teatro ya en sus horas bajas, prácticamente anticuado al poco de nacer, habiendo dejado a un lado su labor científica para dedicarse durante décadas a tareas que, al menos, le permitieron vivir sin preocuparse de los dineros.
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No era el Premio Nobel en aquellos primeros años del siglo XX en nada parecido a lo que se ha ido convirtiendo con el paso del tiempo. Por entonces, la idea principal que rondaba la mente de los académicos suecos era la de honrar la vida de grandes hombres de su tiempo, más que fijarse en obras concretas o aportaciones singulares. Por ello, no deberá extrañar que en una de sus primeras celebraciones, fuera el poeta francés Frédéric Mistral, junto a Echegaray, quien recibiera el Nobel de Literatura. En el caso de Mistral no cabe duda que se pretendía homenajear toda una vida dedicada a la poesía y al enaltecimiento de la lengua occitana pero, ¿qué hay del caso español? Sí, José Echegaray llevaba décadas estrenando obras de teatro muy exitosas, tanto en su propia patria como en muchos otros lugares del mundo y, sin embargo, tales obras fueron gravemente criticadas por sus contemporáneos, como Clarín. Su obra como dramaturgo no es que fuera gran cosa puesto que, siendo de calidad, no podía considerarse como excepcional, algo que el tiempo se ha empeñado en demostrar arrastrando su teatro al olvido. Pero siguiendo con la política de los Nobel en su época, el bueno de Echegaray sobresalía en la España de entonces por su labor intelectual y científica. Ni siquiera el propio José llegó a verse a sí mismo como un hombre de letras, sino más bien como un inquieto buscador de tesoros del saber, que dieron como fruto muchos dolores de cabeza y una reputación sin tacha. ¿Cómo honrar a quien lleva décadas dedicado al servicio público, como político digno de elogio? Nada más y nada menos que con un Nobel, y de Literatura para más señas, pues otro no podría amoldarse plenamente a su perfil. Ciertamente, sería un dramaturgo mediocre, pero su labor científica tampoco había dado frutos sobresalientes, por lo que un Nobel de Física, por ejemplo, hubiera estado completamente fuera de lugar.
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Con esa forma de ver las cosas, la Academia decidió premiar una vida honrada, más allá del posible valor que sus obras de teatro pudieran tener. Una vida llena con su gran trabajo en diversos ministerios, como los de Hacienda o Fomento, proponiendo y llevando a cabo grandes reformas, luchando por las libertades y por el progreso de la ciencia. Echegaray escribía obrillas de teatro, para él no eran más que divertimentos que le hacían ganar el dinero suficiente como para poder dedicar el tiempo a su verdadera pasión: la ciencia. Y como de la ciencia no pudo vivir, gastó horas interminables en dar vida a historias teatrales. El gesto llegado desde Suecia pudo haber sido pensado con la mejor de las intenciones, pero el resultado fue bastante negativo, pues desde que se conoció que a él le correspondía el gran premio, no dejaron de llover las críticas e insultos de la vanguardia literaria española. Desde Unamuno a Baroja, Rubén Darío o Valle Inclán a prácticamente todo miembro conocido de las letras contemporáneas, emitieron toda clase de juicios oscuros.
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Muchos de los malos tonos que llegaron a oídos de Echegaray tuvieron que ver con el dichoso premio, que inicialmente iba a ser otorgado al dramaturgo en lengua catalana Àngel Guimerà. Las presiones del gobierno español, que no consideraba adecuada esa elección por motivos políticos, hicieron que la Academia se fijara en Echegaray pues, a fin de cuentas, a su sobresaliente vida se unía su labor como dramaturgo y traductor al castellano de algunas obras de Guimerà. De esa forma, se pasó de intentar premiar a dos literatos que lucharon por el renacer de lenguas minoritarias, como Mistral y Guimerà, a mediar en una disputa política en la que Echegaray terminaría siendo víctima de todos los golpes.
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El genio polifacético
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Si a su obra literaria se referían, no cabe duda de que cierta razón sí les asistía, ahora bien, la vida de Echegaray, y los méritos que contiene, debieron ser dignos de alabanza pues, aunque un Nobel de Literatura no fuera la mejor forma de honrar su trabajo, el simple hecho de repasar su biografía debiera haber sido motivo más que suficiente como para acallar gran parte de los insultos.
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José Echegaray nació en Madrid el 19 de abril de 1832. A lo largo de su amplia vida, que vio su final en 1916 en la misma ciudad en la que llegó al mundo, dedicó su tiempo a las más variadas actividades. Fue Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, insigne matemático, dramaturgo de éxito, además de político y gestor excepcional. Buen estudiante, número uno de su promoción en ingeniería, entre sus pasiones se reunía una mezcla de amor por las letras y la ciencia que no le abandonaría nunca. Incluso contando con más de ochenta años de edad, dedicaba ingentes esfuerzos a su labor científica pues era consciente de haber estado apartado durante décadas de su original intención, entretenido en las más diversas labores políticas y literarias.
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Decenas de volúmenes recogen su obra físico-matemática, que inició en 1854 cuando comenzó a impartir clases en la Escuela de Ingenieros de Caminos. Desde entonces logró dar forma a tratados sobre hidráulica, cálculo diferencial y física, entre otras materias. Su buen hacer le llevó a ser elegido miembro de la Real Academia de las Ciencias Exactas donde, con motivo de su negra forma de ver la pasada historia científica española en su discurso de ingreso, se vio preso de una grave polémica política siendo incluso atacado por los liberales, a quienes él sentía como próximos a sus ideas. Puede que fuera esa la chispa que hizo inclinar su vocación hacia la política, llegando a ser nombrado Director General de Obras Públicas, Ministro de Fomento y, más tarde, de Hacienda.
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Lo más curioso de su labor política como excelente gestor al mando de los dineros públicos, siempre mirando hacia el futuro, pensando en el desarrollo del ferrocarril y la industria, fue que los tiempos pasaban, pero los diferentes gobiernos seguían solicitando sus servicios. Igual daba que fuera durante el reinado de Amadeo de Saboya, que en la República o con la restauración de la monarquía, Echegaray siempre era llamado para los más altos cargos económicos. Durante uno de sus mandatos al timón de la Hacienda Pública, logró que el Banco de España adquiriera el carácter de banco nacional con el monopolio de la emisión de moneda y, aunque tras muchos años aparcó la política por la literatura, fue llamado nuevamente por Alfonso XII para ocupar el cargo de Ministro de Hacienda. Sí, su inclinación política era próxima al liberalismo y a la república, sin embargo, había algo que siempre colocaba delante de su propia tendencia: el bien común. Puede que fuera por eso, y por su forma de gestionar los recursos a su cargo, por lo que independientemente de quién fuera el que arriba se encontrara, el nombre de Echegaray sonaba siempre como indispensable. Demasiado trabajo para una vida, aderezada con casi setenta obras de teatro muy queridas por el público europeo de entonces, tanto como ignoradas por la crítica posterior, académico de la lengua, miembro de sociedades científicas y, sobre todo, como a él le gustaba recordar, incansable cultivador de las relaciones entre la física y las matemáticas.
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Sí, polémico fue su Nobel de Literatura, ¿y qué? Una vida así merecía un reconocimiento sin igual, aunque más que alegrar sus últimos tiempos lo que lograron fue oscurecer su figura, hoy tristemente olvidada.

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