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"YO FUI WALT WHITMAN" (CAMDEN, J. L. BORGES, 1892)





El olor del café y de los periódicos.
El domingo y su tedio. La mañana
y en la entrevista página esa vana
publicación de versos alegóricos

de un colega feliz. El hombre viejo
está postrado y blanco en su decente
habitación de pobre. Ociosamente
mira su cara en el cansado espejo.

Piensa, ya sin asombro, que esa cara
es él. La distraída mano toca
la turbia barba y la saqueada boca.

No está lejos el fin. Su voz declara:
casi no soy, pero mis versos ritman
la vida y su esplendor. Yo fui Walt Whitman.



J. L. Borges
1892






LECTURAS DE VERANO. A PROPÓSITO DE DANTE: LONGFELOW, UN PASEO POR EL BOSTON HISTÓRICO Y LITERARIO Y OTRAS MARAVILLOSAS OPCIONES PARA ESTAS VACACIONES.



Henry Wadsworth Longfellow
La famosa Universidad de Harvard está en Cambridge, al otro lado del río Charles, frente a Boston (Estado de Massachusetts).  Si algún día me pierdo deberían buscarme por allí, pero no se molesten, es sólo un sueño de tantos. El puente que une ambas orillas lleva el nombre de Longfellow, en memoria del gran poeta de Boston, Henry Wadsworth Longfellow, a quien su coetáneo y encumbrado poeta de Nueva York, E. A. Poe, consagrado definitivamente para la Historia de la Literatura por Baudelaire, en atención sobre todo a su "nevermore" (sí, de ahí procede el nunca máis -digo yo-), criticó en muy dudosos términos.



Lo cierto es que, al margen de los méritos literarios de Longfellow como poeta (apenas conocido en nuestra lengua, por lo demás), una de las buenas cosas que hizo fue traducir al inglés y, por tanto, introducir en Norteamérica, la Comedia de Dante.
Ahora, precisamente, recién publicado en España el último best-seller(porque lo será): Inferno, relacionado con Dante, recobra importancia otro libro (también récord de ventas) sobre el autor de la ComediaEl Club Dante, escrito en 2003 por Matthew Pearl,   donde se narran las intrigas y andanzas de un grupo de insignes intelectuales de Boston empeñados en sacar adelante aquella traducción de Longfellow.
Evidentemente, Dante era católico, rara avis en el Harvard protestante y militante. Y por su puesto, se trataría de evitar por todos los medios que "los venenos extranjeros se extendieran bajo el disfraz de la literatura".  Era una cuestión de principios para el claustro de Harvard ignorarlo todo en materia de lenguas vivas, a salvo la inglesa, claro está.
De modo que desde la famosa universidad se urde una trama criminal moteada de signos dantescos para evitar semejante traducción.  Los eruditos de lengua inglesa ya tenían, además, El Paraíso Perdido de Milton y, por supuesto, ni necesitaban ni admitían los valores de aquella Comediaque Bocaccio elevó al grado de "Divina": "Longfellow y su círculo están tan aquejados de la enfermedad toscana, que se atreven a clasificar a Milton como un genio de segundo rango en comparación con Dante", se recriminará desde Harvard.  La marginada comunidad católica (italianos e irlandeses, ya se sabe) sí estaba por la labor: "Leemos El Paraíso perdidocomo un poema, pero la Comedia de Dante la leemos como una crónica para nuestras vidas interiores".  
Lo cierto es que Mattehw Pearl, aprovecha todo esto para novelar una historieta de intriga que, al menos, nos acerca a aquellos míticos personajes norteamericanos que animan y participan la introducción del católico Dante en Estados Unidos: nada menos que Oliver Wendell Holmes (padre), James Russell Lowell,  J. T. Fields, el propio Longfellow y George Greene, entre otros.



Hombre, por mi parte, para quienes prefieran profundidad y seriedad sobre la forja de aquellos hombres y, sobre todo, de aquellas ideas que se instalaron en Estados Unidos y, desde allí -con los matices oportunos, por supuesto-, han sido exportadas al resto de occidente, les recomendaría mejor la lectura de "El club de los metafísicos"(2001), un imponente ensayo de Louis Menand .  Estamos hablando, lógicamente del pragmatismo y del capitalismo, sistema éste cuyo origen ya situó Max Webber en el protestantismo y, por tanto, inicialmente, en Lutero y Calvino: "El trabajo duro forma parte del plan divino del Señor, y eso es lo que Él espera de nosotros”.  
Webber destaca que en el contexto de la Reforma, la ganancia no era un mero medio para la satisfacción de las necesidades materiales sino el fin de la propia vida.  De aquí a la afirmación de Benjamin Franklin de que el tiempo es dinero, no media ni un paso.  Pero no todo es tan asqueroso como parece: la ideología "liberal" (término, por cierto fraguado en la España de principios del XIX) también genera un contexto en el que aparecen mentes como Emerson, con su fe en el ser humano o, aún mejor, Thoreau padre de la desobediencia  civil; o todavía mejor: los poemas de Walt Witman, impregnados de ese amor por el individuo, lo humano, con su "Canto a mí mismo", faltaría más.
Pero si prefieren seguir con Dante y con algo más ligero -no por ello menos profundo-, los Nueve ensayos dantescos  de Borges (pinchar aquí), resultan apasionantes, curiosos y entretenidos. 

Hablo, pues, de cinco interesantes lecturas:

1º Por supuesto, la Divina Comedia (recomendable especialmente en la traducción y notas introductorias del poeta y experto que fue Ángel Crespo -Seix Barral 1973-1977, aunque puede echarse una ojeada pinchando aquí, en todo caso hay en Wikisource otra versión completa en español-). Ya se sabe: un poema profundo y tan entretenido al mismo tiempo (si se tiene paciencia y voluntad) como el mejor parque temático para este verano. 

2º El club de los metafísicos, de Louis Menand, nos introduce en el pragmatismo: Cuando nos sentimos felices con una decisión, no nos resulta arbitraria, nos parece la decisión que debíamos tomar. Primero decidimos, luego deducimos (Henry James).   Un recio ensayo que -como todo lo bueno- exige también fuerza y voluntad para sacarle el debido provecho y disfrute e introducirnos en las raíces del pensamiento norteamericano (nos acostamos como anticuados conservadores y nos despertamos como rabiosos abolicionistas) y de aquellos padres del pragmatismo: Holmes, James, Peirce y Dewey. 

3º El club Dante, de Matthew Pearl, una novelilla que sirve para matar el tiempo y poco más (Los americani de Boston habían construido una Cartago, una tierra atiborrada de dinero pero vacía de cultura).  Al menos nos sitúa en aquel curioso Massachusetss de Longfellow and company y emula  las novelas de Agatha Christie en que todos son sospechosos y, respetando las reglas del género, al final el malo acabará siendo Fermín, el mayordomo.  Pero no se preocupen, no desvelo nada: en aquella sociedad había muchos mayordomos; esclavos, no: mayordomos, sólo mayordomos. Además, en este tipo de novelas, qué importa quién sea el asesino: todos son sospechosos y el autor juega con nosotros (como la propia novela juega con él mismo) y al final elige al asesino por azar, no vayan a creer. 

4º Inferno, de Dan Brown.  Esta noveleta sí que sólo sirve para matar el tiempo, sin aportar nada de nada. Bueno, sí: al curioso analista de las trastiendas (los backstages, se dice ahora) de productos comerciales, en este caso de best-sellers, sí.  Él comprobará, una vez más, que tampoco los ingredientes del thriller cambian: los protagonistas, chico y chica guapos, aguerridos, valientes y "superlistos"; el antagonista, alguien que quiere causar un tremendo mal a la humanidad; una serie de persecuciones interminables y tensas entre unos y otros (buenos tras malos y malos tras buenos) que, faltaría más, se desarrollan en atractivos escenarios (esto ya lo había utilizado magistralmente don Alfredo Hitchcock): Florencia, con su corredor de Vasari incluido (yo creo que Narciso y un servidor ya le sacamos a ese corredor bastante más partido, y más lírico que el conseguido por el jeta este del Brown, en nuestro Guacamayo Azul, pero qué le vamos a hacer él es él y nosotros nosotros); Venecia, con sus palacios, puentes, canales y góndolas; y Estambul, sus pobladas calles, sus mezquitas y, cómo no, su Basílica Cisterna, con la misteriosa cabeza de medusa.  La fórmula, no falla: un cuarenta por ciento, material para una guía turística mala; otro cuarenta por ciento: persecuciones a lo Indiana o Tadeo Jones; y el veinte por ciento restante elucubraciones pseudocientíficas y tremendistas, en este caso sobre la catástofre malthusiana que se nos viene encima.  Una mierda, vamos.  Eso sí: al menos no hay ni amor ni sexo (vaya con el Brown, qué original); sólo un extraño beso al final, absolutamente raro, ficticio e irreal, que nos deja a todos con cara de poker: ¡anda, mira, mira tú: al final...  al final resulta qué! En suma: matar el tiempo, asesinarlo más bien.  Nada más.  

5º Nueve ensayos dantescos, de Borges (de 1982, pueden conseguirse en Alianza Editorial, 2002, o simplemente pinchando aquí).  Nueve miradas incisivas a la Divina Comedia con esos ojos insondables y aparentemente muertos de Borges, quien desde muy joven la leyó ya, en el tranvía, en una edición bilingüe inglesa, que le introdujo en el italiano del Quattrocento (yo no sé italiano, dice, nunca estudié ese hermoso idioma.  Pero con Dante aprendí mucho italiano).  Como botón de muestra de tales miradas, baste reseñar esta reflexión del escritor argentino sobre la última sonrisa de Beatriz, en el ensayo que lleva este mismo título (una sonrisa, por cierto, que ha dado lugar a ríos de tinta sin que nadie dé con su significado, si es que lo tiene). Dice ahí BorgesYo sospecho que Dante edificó el mejor libro que la literatura ha alcanzado para intercalar algunos encuentros con la irrecuperable Beatriz.


Todo esto sobre Dante y los pragmáticos. 


Hombre, a uno, en esta última inmersión en la Divina Comedia, le hubiera gustado acceder al monumental estudio La poesía de Dante, de Benedetto Croce (pinchar aquí).  Y hasta estuvimos a punto de traducirla con Narciso para Lecturas hispánicas...  Ay, pero Croce está muy reciente todavía y los derechos de su obra vigentes, de modo que hubimos de desistir del empeño. De todos modos, resulta sonrojante que no se haya hecho hasta hoy (al menos yo no la conozco) ninguna edición en castellano.


Qué se le va a hacer.  Pero hay más cosas, muchas más, afortunadamente.  Precisamente aquí, en nuestro blog acabamos de iniciar una serie de entregas de aquellas "Hojas de hierba", de Walt Witman, que incluyen (¿cómo no?) su "Canto a mí mismo"  (hablando de aquellos norteamericanos emersonianos tan seguros de sí), en -nada menos qué- la versión de Ángel Ferrer




En última instancia, siempre nos quedarán  los Merodeos de don Narciso  ahora que han provocado cierto debate en nuestro blog. LosMerodeos lo tienen todo:
 prosa poética de primera calidad, entretenida, graciosa, imágenes, música y humor, bastante humor de calidad.  Ni siquiera es necesario arremangarse para
entregarnos a su lectura. 
Te atrapan a primera vista.

 Los merodeos - dice Ángel Ferrer- son una cuestión tan peligrosa, como asomarse tontamente a los balconcillos. Si uno se pone serio y lo ve todo preciso, puede llevar su coste en muerte mortal (¿se dice así?), sólo en algunas ocasiones claro, en otras, en las que uno agacha la cabeza repetidas veces para reverenciar a un recién descubierto grifo, por poner un poner (¿se dice así?), hay que saber acercarse y alejarse vilmente, frotándose las manos y ladeando la cabeza
Eso sí: hay que leerlos bien: a poder ser en voz alta. Recitándolos, por supuesto.  ¿Cuanto hubiera dado yo por oírlos en la voz de Vittorio Gassman por... por poner un poner (¿se dice así?). 
También podemos irnos de copas con gichos y gichas de ayer, hoy y mañana, de la mano de Antonio Envid.  O de sueños.  De sueños, sí: de esos que encierra la personalísima y estupenda prosa, muchas veces lírica, muchas veces agria,  siempre hermosa, de Juan Serrano.  
Ah, y si este verano nos queremos introducir en el Museo del Prado (¡qué escándalo, qué escándalo, en Madrid hay un Museo!), les aseguro que mi guía es bastante más entretenida que la subrepticia guía turística delInferno ese del tal Brown (¡vamos, hombre!).




De todos modos, para quien quiera hacer footing con su mp3 y ya esté harto de oír toda la música gratis de la que ahora disponemos (ya sólo nos faltaba Spotify) tiene un par de recientísimas conferencias de Rossend Arqués sobre Dante y la Divina Comedia en la fundación 
Juan March (pinchar aquí).

Más y con esto termino: el que no tenga un e-reader, que se lo compre.  Es lo más barato del mundo. De hecho todos los libros mencionados (salvo, quizá, El club de los metafísicos -qué cosas, el más duro, el menos comercial) todos, pueden encontrarse fácilmente en la red de forma gratuita (sí, incluso los bestsellers más recientes como Inferno, sí). ¿Dónde? Pues, por ejemplo, en Papyrefb2 (pinchar aquí).  

Bueno, pues eso: vaya verano que nos espera. Comer no sé si nos llegará para comer, pero en música y libros hemos llegado al fin a ser millonarios.  Qué cosas. 
Oiga.

¡Feliz verano!






Servando Gotor

"ANTE LA LEY" DE FRANZ KAFKA en la versión de Jorge Luis Borges






Hay un guardián ante la Ley. A ese guardián llega un hombre de la campaña que pide ser admitido a la Ley. El guardián le responde que ese día no puede permitirle la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si luego podrá entrar. 'Es posible', dice el guardián, 'pero no ahora'. Como la puerta de la Ley sigue abierta y el guardián está a un lado, el hombre se agacha para espiar. El guardián se ríe, y le dice: 'Fíjate bien: soy muy fuerte. Y soy el más subalterno de los guardianes. Adentro no hay una sala que no esté custodiada por su guardián, cada uno más fuerte que el anterior. Ya el tercero tiene un aspecto que yo mismo no puedo soportar'. El hombre no ha previsto esas trabas. Piensa que la Ley debe ser accesible en todo momento a todos los hombres, pero al fijarse en el guardián con su capa de piel, su gran nariz aguda y su larga y deshilachada barba de tártaro, resuelve que más vale esperar. El guardián le da un banco y lo deja sentarse junto a la puerta. Ahí, pasa los días y los años. Intenta muchas veces ser admitido y fatiga al guardián con sus peticiones. El guardián entabla con él diálogos limitados y lo interroga acerca de su hogar y de otros asuntos, pero de una manera impersonal, como de señor poderoso, y siempre acaba repitiendo que no puede pasar todavía. El hombre, que se había equipado de muchas cosas para su viaje, se va despojando de todas ellas para sobornar al guardián. Éste no las rehusa, pero declara: 'Acepto para que no te figures que has omitido algún empeño.' En los muchos años el hombre no le quita los ojos de encima al guardián. Se olvida de los otros y piensa que éste es la única traba que lo separa de la Ley. En los primeros años maldice a gritos su destino perverso; con la vejez, la maldición decae en rezongo. El hombre se vuelve infantil, y como en su vigilia de años ha llegado a reconocer las pulgas en la capa de piel, acaba por pedirles que lo socorran y que intercedan con el guardián. Al cabo se le nublan los ojos y no sabe si éstos lo engañan o si se ha obscurecido el mundo. Apenas si percibe en la sombra una claridad que fluye inmortalmente de la puerta de la Ley. Ya no le queda mucho que vivir. En su agonía los recuerdos forman una sola pregunta, que no ha propuesto aún al guardián. Como no puede incorporarse, tiene que llamarlo por señas. El guardián se agacha profundamente, pues la disparidad de las estaturas ha aumentado muchísimo. '¿Qué pretendes ahora?', dice el guardián; 'eres insaciable', 'Todos se esfuerzan por la Ley', dice el hombre. '¿Será posible que en los años que espero nadie ha querido entrar sino yo?' El guardián entiende que el hombre se está acabando, y tiene que gritarle para que le oiga: 'Nadie ha querido entrar por aquí, porque a tí solo estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla'.


Franz Kafka
de El Proceso
(Versión de Jorge Luis Borges
27 de mayo de 1938 en "El Hogar")



ULRICA (Jorge Luis Borges)




Hann tekr sverthit Gram ok
leggr i methal theira bert.
Völsunga Saga, 27 (*)



Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo. Los hechos ocurrieron hace muy poco, pero sé que el hábito literario es asimismo el hábito de intercalar rasgos circunstanciales y de acentuar los énfasis. Quiero narrar mi encuentro con Ulrica (no supe su apellido y tal vez no lo sabré nunca) en la ciudad de York. La crónica abarcará una noche y una mañana.

Nada me costaría referir que la vi por primera vez junto a las Cinco Hermanas de York, esos vitrales puros de toda imagen que respetaron los iconoclastas de Cromwell, pero el hecho es que nos conocimos en la salita del Northern Inn, que está del otro lado de las murallas. Éramos pocos y ella estaba de espaldas. Alguien le ofreció una copa y rehusó.

–Soy feminista –dijo–. No quiero remedar a los hombres. Me desagradan su tabaco y su alcohol.

La frase quería ser ingeniosa y adiviné que no era la primera vez que la pronunciaba. Supe después que no era característica de ella, pero lo que decimos no siempre se parece a nosotros.

Refirió que había llegado tarde al museo, pero que la dejaron entrar cuando supieron que era noruega.

Uno de los presentes comentó:

–No es la primera vez que los noruegos entran en York.


–Así es –dijo ella–. Inglaterra fue nuestra y la perdimos, si alguien puede tener algo o algo puede perderse.

Fue entonces cuando la miré. Una línea de William Blake habla de muchachas de suave plata o de furioso oro, pero en Ulrica estaban el oro y la suavidad. Era ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises. Menos que su rostro me impresionó su aire de tranquilo misterio. Sonreía fácilmente y la sonrisa parecía alejarla. Vestía de negro, lo cual es raro en tierras del Norte, que tratan de alegrar con colores lo apagado del ámbito. Hablaba un inglés nítido y preciso y acentuaba levemente las erres. No soy observador; esas cosas las descubrí poco a poco.

Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano.

Me preguntó de un modo pensativo:

–¿Qué es ser colombiano?

–No sé –le respondí–. Es un acto de fe.

–Como ser noruega –asintió.

Nada más puedo recordar de lo que se dijo esa noche. Al día siguiente bajé temprano al comedor. Por los cristales vi que había nevado; los páramos se perdían en la mañana. No había nadie más. Ulrica me invitó a su mesa. Me dijo que le gustaba salir a caminar sola.

Recordé una broma de Schopenhauer y contesté:

–A mí también. Podemos salir juntos los dos.

Nos alejamos de la casa, sobre la nieve joven. No había un alma en los campos. Le propuse que fuéramos a Thorgate, que queda río abajo, a unas millas. Sé que ya estaba enamorado de Ulrica; no hubiera deseado a mi lado ninguna otra persona.

Oí de pronto el lejano aullido de un lobo. No he oído nunca aullar a un lobo, pero sé que era un lobo. Ulrica no se inmutó.

Al rato dijo como si pensara en voz alta:

–Las pocas y pobres espadas que vi ayer en York Minster me han conmovido más que las grandes naves del museo de Oslo.

Nuestros caminos se cruzaban. Ulrica, esa tarde, proseguiría el viaje hacia Londres; yo, hacia Edimburgo.

–En Oxford Street –me dijo– repetiré los pasos de De Quincey, que buscaba a su Anna perdida entre las muchedumbres de Londres.

–De Quincey –respondí– dejó de buscarla. Yo, a lo largo del tiempo, sigo buscándola.

–Tal vez –dijo en voz baja– la has encontrado.

Comprendí que una cosa inesperada no me estaba prohibida y le besé la boca y los ojos. Me apartó con suave firmeza y luego declaró:

–Seré tuya en la posada de Thorgate. Te pido mientras tanto, que no me toques. Es mejor que así sea.

Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera. El milagro tiene derecho a imponer condiciones. Pensé en mis mocedades de Popayán y en una muchacha de Texas, clara y esbelta como Ulrica, que me había negado su amor.

No incurrí en el error de preguntarle si me quería. Comprendí que no era el primero y que no sería el último. Esa aventura, acaso la postrera para mí, sería una de tantas para esa resplandeciente y resuelta discípula de Ibsen.

Tomados de la mano seguimos.

–Todo esto es como un sueño –dije– y yo nunca sueño.

–Como aquel rey –replicó Ulrica– que no soñó hasta que un hechicero lo hizo dormir en una pocilga.

Agregó después:

–Oye bien. Un pájaro está por cantar.

Al poco rato oímos el canto.

–En estas tierras –dije–, piensan que quien está por morir prevé lo futuro.

–Y yo estoy por morir –dijo ella.

La miré atónito.

–Cortemos por el bosque –la urgí–. Arribaremos más pronto a Thorgate.

–El bosque es peligroso –replicó.

Seguimos por los páramos.

–Yo querría que este momento durara siempre –murmuré.

–Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres –afirmó Ulrica y, para aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que no había oído bien.

–Javier Otárola –le dije.

Quiso repetirlo y no pudo. Yo fracasé, parejamente, con el nombre de Ulrikke.

–Te llamaré Sigurd –declaró con una sonrisa.
–Si soy Sigurd –le repliqué–, tú serás Brynhild.

Había demorado el paso.

–¿Conoces la saga? –le pregunté.

–Por supuesto –me dijo–. La trágica historia que los alemanes echaron a perder con sus tardíos Nibelungos.

No quise discutir y le respondí:

–Brynhild, caminas como si quisieras que entre los dos hubiera una espada en el lecho.

Estábamos de golpe ante la posada. No me sorprendió que se llamara, como la otra, el Northern Inn.

Desde lo alto de la escalinata, Ulrica me gritó:

–¿Oíste al lobo? Ya no quedan lobos en Inglaterra. Apresúrate.

Al subir al piso alto, noté que las paredes estaban empapeladas a la manera de William Morris, de un rojo muy profundo, con entrelazados frutos y pájaros. Ulrica entró primero. El aposento oscuro era bajo, con un techo a dos aguas. El esperado lecho se duplicaba en un vago cristal y la bruñida caoba me recordó el espejo de la Escritura. Ulrica ya se había desvestido. Me llamó por mi verdadero nombre, Javier. Sentí que la nieve arreciaba. Ya no quedaban muebles ni espejos. No había una espada entre los dos. Como la arena se iba el tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica.



Jorge Luis Borges
de El libro de arena, 1975
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(*) "Ulrica" es el único relato de amor que publicó Borges. Su epígrafe cita unos versos del capítulo 27 de la Saga Volsunga, "Hann tekr sverthit Gram okk / legger i methal theira bert", que significan: "El tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos". Esta cita está reproducida en el dorso de la lápida de Borges, en el cementerio des Rois en Ginebra.

Los versos hacen referencia al héroe Sigurd, que debe compartir su lecho con Brynhild quien es pretendida por su cuñado. Para no tocarla coloca la espada (cuyo nombre es Gram) entre ambos. Años después Brynhild hace matar a Sigurd y se suicida para yacer en la misma pira funeraria que Sigurd, entre los dos cuerpos vuelve a estar la espada desnuda.(Wikipedia)
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PRÓLOGO A "CARTAS DE MAMA" DE JULIO CORTÁZAR (Jorge Luis Borges)

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Hacia 1947 yo era secretario de redacción de una revista casi secreta que dirigía la señora Sarah de Ortiz Basualdo. Una tarde, nos visitó un muchacho muy alto con un previsible manuscrito. No recuerdo su cara; la ceguera es cómplice del olvido. Me dijo que traía un cuento fantástico y solicitó mi opinión. Le pedí que volviera a los diez días. Antes del plazo señalado, volvió. Le dije que tenía dos noticias. Una, que el manuscrito estaba en la imprenta; otra, que lo ilustraría mi hermana Norah, a quien le había gustado mucho. El cuento, ahora justamente famoso, era el que se titula Casa Tomada. Años después, en París, Julio Cortázar me recordó ese antiguo episodio y me confió que era la primera vez que veía un texto suyo en letras de molde. Esa circunstancia me honra.


Muy poco sé de las letras contemporáneas. Creo que podemos conocer el pasado, siquiera de un modo simbólico, y que podemos imaginar el futuro, según el temor o la fe; en el presente hay demasiadas cosas para que nos sea dado descifrarlas. El porvenir sabrá lo que hoy no sabemos y cursará las páginas que merecen ser releídas. Schopenhauer aconsejaba que, para no exponernos al azar; sólo leyéramos los libros que ya hubieran cumplido cien años. No siempre he sido fiel a ese cauteloso dictamen; he leído con singular agrado Las armas secretas, y he elegido este cuento.

Una historia fantástica, según Wells, debe admitir sólo un hecho fantástico para que la imaginación del lector la acepte fácilmente. Esta prudencia corresponde al escéptico siglo diecinueve, no al tiempo que soñó las cosmogonías o el Libro de las Mil y Una noches. En Cartas de Mamá lo trivial, lo necesariamente trivial, está en el título, en el proceder de los personajes y en la mención contínua de marcas de cigarrillos o de estaciones de subterráneos. El prodigio requiere esos pormenores.

Otro rasgo quiero indicar. Lo sobrenatural, en este admirable relato, no se declara, se insinúa, lo cual le da más fuerza, como en el Izur de Lugones. Queda la posibilidad de que todo sea una alucinación de la culpa.
Alguien que parecía inofensivo vuelve atrozmente.

Julio Cortázar ha sido condenado, o aprobado, por sus opiniones políticas. Fuera de la ética, entiendo que las opiniones de un hombre suelen ser superficiales y efímeras.


Jorge Luis Borges
1983




LA FLOR DE COLERIDGE (Jorge Luis Borges)

Foto: Archivo Barricada

Hacia 1938, Paul Valéry escribió: “La Historia de la literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor.” No era la primera vez que el Espíritu formulaba esa observación; en 1844, en el pueblo de Concord, otro de sus amanuenses había anotado: “Diríase que una sola persona ha redactado cuantos libros hay en el mundo; tal unidad central hay en ellos que es innegable que son obra de un solo caballero omnisciente” (Emerson:Essays, 2, VIII). Veinte años antes, Shelley dictaminó que todos los poemas del pasado, del presente y del porvenir, son episodios o fragmentos de un solo poema infinito, erigido por todos los poetas del orbe (A Defence of Poetry, 1821).

Esas consideraciones (implícitas, desde luego, en el panteísmo) permitirían un inacabable debate; yo, ahora, las invoco para ejecutar un modesto propósito: la historia de la evolución de una idea, a través de los textos heterogéneos de tres autores. El primer texto es una nota de Coleridge; ignoro si éste la escribió a fines del siglo XVIII, o a principios del XIX. Dice, literalmente:
“Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?”.
No sé que opinará mi lector de esa imaginación; yo la juzgo perfecta. Usarla como base de otras invenciones felices, parece previamente imposible; tiene la integridad y la unidad de un terminus ad quem, de una meta. Claro está que lo es; en el orden de la literatura, como en los otros, no hay acto que no sea coronación de una infinita serie de causas y manantial de una infinita serie de efectos. Detrás de la invención de Coleridge está la general y antigua invención de las generaciones de amantes que pidieron como prenda una flor.

El segundo texto que alegaré es una novela que Wells bosquejó en 1887 y reescribió siete años después, en el verano de 1894. La primera versión se tituló The Chronic Argonauts (en este título abolido,chronic tiene el valor etimológico detemporal); la definitiva, The Time Machine. Wells, en esa novela, continúa y reforma una antiquísima tradición literaria: la previsión de hechos futuros. Isaíasve la desolación de Babilonia y la restauración de Israel; Eneas, el destino militar de su posteridad, los romanos; la profetisa de la Edda Saemundi, la vuelta de los dioses que, después de la cíclica batalla en que nuestra tierra perecerá, descubrirán, tiradas en el pasto de una nueva pradera, las piezas de ajedrez con que antes jugaron… El protagonista de Wells, a diferencia de tales espectadores proféticos, viaja físicamente al porvenir. Vuelve rendido, polvoriento y maltrecho; vuelve de una remota humanidad que se ha bifurcado en especies que se odian (los ociososeloi, que habitan en palacios dilapidados y en ruinosos jardines; los subterráneos y nictálopesmorlocks, que se alimentan de los primeros); vuelve con las sienes encanecidas y trae del porvenir una flor marchita. Tal es la segunda versión de la imagen de Coleridge. Más increíble que una flar celestial o que la flor de un sueño es la flor futura, la contradictoria flor cuyos átomos ahora ocupan otros lugares y no se combinaron aún.

La tercera versión que comentaré, la más trabajada, es invención de un escritor harto más complejo que Wells, si bien menos dotado de esas agradables virtudes que es usual llamar clásicas. Me refiero al autor deLa humillación de los Northmore, el triste y laberíntico Henry James. Este, al morir, dejó inconclusa una novela de carácter fantástico, The Sense of the Past, que es una variación o elaboración de The Time Machine1. El protagonista de Wells viaja al porvenir en un inconcebible vehículo que progresa o retrocede en el tiempo como los otros vehículos en el espacio; el de James regresa al pasado, al siglo XVIII, a fuerza de compenetrarse con esa época. (Los dos procedimientos son imposibles, pero es menos arbitrario el de James.) En The Sense of the

Past, el nexo entre lo real y lo imaginativo (entre la actualidad y el pasado) no es una flor, como en las anteriores ficciones; es un retrato que data del siglo XVIII y que misteriosamente representa al protagonista. Este, fascinado por esa tela, consigue trasladarse a la fecha en que la ejecutaron. Entre las personas que encuentra, figura, necesariamente, el pintor; éste lo pinta con temor y con aversión, pues intuye algo desacostumbrado y anómalo en esas facciones futuras… James, crea, así, un incomparable regressus in

infinitum, ya que su héroe, Ralph Pendrel, se traslada al siglo XVIII. La causa es posterior al efecto, el motivo del viaje es una de las consecuencias del viaje. 1 No he leído The Sense of the Past, pero conozco el suficiente análisis de Stephen Spender, en su obra The Destructive Element (páginas 105-110). James fue amigo de Wells; par su relación puede consultarse el vasto Experiment in Autobiography de éste.  Wells, verosímilmente, desconocía el texto de Coleridge; Henry James conocía y admiraba el texto de Wells. Claro está que si es válida la doctrina de que todos los autores son un autor2, tales hechos son insignificantes. En rigor, no es indispensable ir tan lejos; el panteísta que declara que la pluralidad de los autores es ilusoria, encuentra inesperado apoyo en el clasicista, según el cual esa pluralidad importa muy poco. Para las mentes clásicas, la literatura es lo esencial, no los individuos. George Moore y James Joyce han incorporado en sus obras, páginas y sentencias ajenas; Oscar Wilde solía regalar argumentos para que otros los ejecutaran; ambas conductas, aunque superficialmente contrarias, pueden evidenciar un mismo sentido del arte. Un sentido ecuménico, impersonal… Otro testigo de la unidad profunda del Verbo, otro negador de los límites del sujeto, fue el insigne Ben Jonson, que empeñado en la tarea de formular su testamento literario y los dictámenes propicios o adversos que sus contemporáneos le merecían, se redujo a ensamblar fragmentos de Séneca, de Quintiliano, de Justo Lipsio, de Vives, de Erasmo, de Maquiavelo, de Bacon y de los dos Escalígeros.

Una observación última. Quienes minuciosamente copian a un escritor, lo hacen impersonalmente, lo hacen porque confunden a ese escritor con la literatura, lo hacen porque sospechan que apartarse de él en un punto es apartarse de la razón y de la ortodoxia. Durante muchos años, yo creí que la casi infinita literatura estaba en un hombre. Ese hombre fue Carlyle, fue Johannes Becher, fue Whitman, fue Rafael Cansinos-Asséns, fue De Quincey.

Jorge Luis Borges



JORGE LUIS BORGES

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TEXTOS ESCOGIDOS:

Pierre Ménard, autor del Quijote (cuento)
La flor de Coleridge (Cuento)
Episodio del enemigo (cuento)
Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius (cuento)
El Aleph (cuento)
La biblioteca total (cuento)
Las ruinas circulares (cuento)
A Leopoldo Lugones (narrativa)
Fundación mítica de Buenos Aires (poema)
España (poema)
Camden (poema)
Para una versión del I Ching (poema)
El Golem (poema)
La invención de Morel de A. Bioy Casares (prólogo)
El singular misterio de Antonio Porchia (ensayo literario)
El Martín Fierro. Una novela (ensayo literario)
Ulrica (cuento)
Cartas de mamá, de Julio Cortázar (prólogo)
Ante la ley (de El proceso de Franz Kafka)


ESTUDIOS SOBRE BORGES

¿Quién es Pierre Ménard? (Óscar Tacca)
Borges lector de Lugones (Marisa Martínez Pérsico)
Homenaje a Borges en Biblioteca Virtual Miguel Cervantes


ENLACES

Borges entrevistado en "A fondo" (TVE, 1976)
Centro Virtual Cervantes
El poder de la palabra epdlp
Wikipedia

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JORGE LUIS BORGES (Argentina, 1899-1986) Escritor argentino cuyos desafiantes poemas y cuentos vanguardistas le consagraron como una de las figuras prominentes de las literaturas latinoamericana y universal. Nacido el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires, e hijo de un profesor, estudió en Ginebra y vivió durante una breve temporada en España relacionándose con los escritores ultraístas. En 1921 regresó a Argentina, donde participó en la fundación de varias publicaciones literarias y filosóficas como Prisma (1921-1922), Proa (1922-1926) y Martín Fierro en la que publica esporádicamente; escribió poesía lírica centrada en temas históricos de su país, que quedó recopilada en volúmenes como Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929). De esta época datan sus relaciones con Ricardo Güiraldes, Macedonio Fernández, Alfonso Reyes y Oliveiro Girondo. En la década de 1930, debido a una enfermedad hereditaria, comenzó a perder la visión hasta quedar completamente ciego. A pesar de ello, trabajó en la Biblioteca Nacional (1938-1947) y, más tarde, llegó a convertirse en su director (1955-1973). Conoce a Adolfo Bioy Casares y publica con él Antología de la literatura fantástica (1940). A partir de 1955 fue profesor de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires. Durante esos años, fue abandonando la poesía en favor de los relatos breves por los que ha pasado a la historia. Aunque es más conocido por sus cuentos, se inició en la escritura con ensayos filosóficos y literarios, algunos de los cuales se encuentran reunidos en Inquisiciones. La historia universal de la infamia (1935) es una colección de cuentos basados en criminales reales. En 1955 fue nombrado académico de su país y en 1960 su obra era valorada universalmente como una de las más originales de América Latina. A partir de entonces se suceden los premios y las consideraciones. En 1961 comparte el Premio Fomentor con Samuel Beckett, y en 1980 el Cervantes con Gerardo Diego. Murió en Ginebra, el 14 de junio de 1986.

Las posturas políticas evolucionaron desde el izquierdismo juvenil al nacionalismo y después a un liberalismo escéptico desde el que se opuso al fascismo y al peronismo. Fue censurado por permanecer en Argentina durante las dictaduras militares de la década de 1970, aunque jamás apoyó a la Junta militar. Con la restauración democrática en 1983 se volvió más escéptico. A lo largo de toda su producción, Borges creó un mundo fantástico, metafísico y totalmente subjetivo. Su obra, exigente con el lector y de no fácil comprensión, debido a la simbología personal del autor, ha despertado la admiración de numerosos escritores y críticos literarios de todo el mundo. Describiendo su producción literaria, el propio autor escribió: -No soy ni un pensador ni un moralista, sino sencillamente un hombre de letras que refleja en sus escritos su propia confusión y el respetado sistema de confusiones que llamamos filosofía, en forma de literatura-.
Ficciones (1944) está considerado como un hito en el relato corto y un ejemplo perfecto de la obra borgiana. Los cuentos son en realidad una suerte de ensayo literario con un solo tema en el que el autor fantasea desde la subjetividad sobre temas, autores u obras; se trata pues de una ficción presentada con la forma del cuento en el que las palabras son importantísimas por la falsificación (ficción) con que Borges trata los hechos reales. Cada uno de los cuentos de Ficciones está considerado por la crítica como una joya, una diminuta obra maestra. Además, sucede que el libro presenta una estructura lineal que hace pensar al lector que el conjunto de los cuentos conducirán a un final con sentido, cuando en realidad llevan a la nada absoluta. Otros libros importantes del mismo género son El Aleph (1949) y El hacedor (1960). 





PIERRE MÉNARD, AUTOR DEL QUIJOTE (Jorge Luis Borges)

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A Silvina Ocampo


         La obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración. Son, por lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por madame Henri Bachelier en un catálogo falaz que cierto diario cuya tendencia protestante no es un secreto ha tenido la desconsideración de inferir a sus deplorables lectores —si bien estos son pocos y calvinistas, cuando no masones y circuncisos. Los amigos auténticos de Menard han visto con alarma ese catálogo y aun con cierta tristeza. Diríase que ayer nos reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de empañar su Memoria... Decididamente, una breve rectificación es inevitable.

          Me consta que es muy fácil recusar mi pobre autoridad. Espero, sin embargo, que no me prohibirán mencionar dos altos testimonios. La baronesa de Bacourt (en cuyos vendredis inolvidables tuve el honor de conocer al llorado poeta) ha tenido a bien aprobar las líneas que siguen. La condesa de Bagnoregio, uno de los espíritus más finos del principado de Mónaco (y ahora de Pittsburgh, Pennsylvania, después de su reciente boda con el filántropo internacional Simón Kautzsch, tan calumniado, ¡ay!, por las víctimas de sus desinteresadas maniobras) ha sacrificado “a la veracidad y a la muerte” (tales son sus palabras) la señoril reserva que la distingue y en una carta abierta publicada en la revista Luxe me concede asimismo su beneplácito. Esas ejecutorias, creo, no son insuficientes.

          He dicho que la obra visible de Menard es fácilmente enumerable. Examinado con esmero su archivo particular, he verificado que consta de las piezas que siguen:

          a) Un soneto simbolista que apareció dos veces (con variaciones) en la revista La Conque (números de marzo y octubre de 1899).

          b) Una monografía sobre la posibilidad de construir un vocabulario poético de conceptos que no fueran sinónimos o perífrasis de los que informan el lenguaje común, “sino objetos ideales creados por una convención y esencialmente destinados a las necesidades poéticas” (Nîmes, 1901).

          c) Una monografía sobre “ciertas conexiones o afinidades” del pensamiento de Descartes, de Leibniz y de John Wilkins (Nîmes, 1903).

          d) Una monografía sobre la Characteristica Universalis de Leibniz (Nîmes, 1904).

          e) Un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno de los peones de torre. Menard propone, recomienda, discute y acaba por rechazar esa innovación.

          f) Una monografía sobre el Ars Magna Generalis de Ramón Llull (Nîmes, 1906).

          g) Una traducción con prólogo y notas del Libro de la invención liberal y arte del juego del axedrez de Ruy López de Segura (París, 1907).

          h) Los borradores de una monografía sobre la lógica simbólica de George Boole.

          i) Un examen de las leyes métricas esenciales de la prosa francesa, ilustrado con ejemplos de Saint­Simon (Revue des Langues Romanes, Montpellier, octubre de 1909).

          j) Una réplica a Luc Durtain (que había negado la existencia de tales leyes) ilustrada con ejemplos de Luc Durtain (Revue des Langues Romanes, Montpellier, diciembre de 1909).

          k) Una traducción manuscrita de la Aguja de navegar cultos de Quevedo, intitulada La Boussole des précieux.

          l) Un prefacio al catálogo de la exposición de litografías de Carolus Hourcade (Nîmes, 1914).

          m) La obra Les Problèmes d'un problème (París, 1917) que discute en orden cronológico las soluciones del ilustre problema de Aquiles y la tortuga. Dos ediciones de este libro han aparecido hasta ahora; la segunda trae como epígrafe el consejo de Leibniz Ne craignez point, monsieur, la tortue, y renueva los capítulos dedicados a Russell y a Descartes.

          n) Un obstinado análisis de las “costumbres sintácticas” de Toulet (N.R.F., marzo de 1921). Menard ­recuerdo­ declaraba que censurar y alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la crítica.

          o) Una transposición en alejandrinos del Cimetière marin, de Paul Valéry (N.R.F., enero de 1928).

          p) Una invectiva contra Paul Valéry, en las Hojas para la supresión de la realidad de Jacques Reboul. (Esa invectiva, dicho sea entre paréntesis, es el reverso exacto de su verdadera opinión sobre Valéry. Éste así lo entendió y la amistad antigua de los dos no corrió peligro.)

          q) Una “definición” de la condesa de Bagnoregio, en el “victorioso volumen” ­la locución es de otro colaborador, Gabriele d'Annunzio­ que anualmente publica esta dama para rectificar los inevitables falseos del periodismo y presentar “al mundo y a Italia” una auténtica efigie de su persona, tan expuesta (en razón misma de su belleza y de su actuación) a interpretaciones erróneas o apresuradas.

          r) Un ciclo de admirables sonetos para la baronesa de Bacourt (1934).

          s) Una lista manuscrita de versos que deben su eficacia a la puntuación.[1]

          Hasta aquí (sin otra omisión que unos vagos sonetos circunstanciales para el hospitalario, o ávido, álbum de madame Henri Bachelier) la obra visible de Menard, en su orden cronológico. Paso ahora a la otra: la subterránea, la interminablemente heroica, la impar. También, ¡ay de las posibilidades del hombre!, la inconclusa. Esa obra, tal vez la más significativa de nuestro tiempo, consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós. Yo sé que tal afirmación parece un dislate; justificar ese “dislate” es el objeto primordial de esta nota.[2]

          Dos textos de valor desigual inspiraron la empresa. Uno es aquel fragmento filológico de Novalis —­el que lleva el número 2005 en la edición de Dresden­— que esboza el tema de la total identificación con un autor determinado. Otro es uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebiére o a don Quijote en Wall Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles, sólo aptos ­decía­ para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son distintas. Más interesante, aunque de ejecución contradictoria y superficial, le parecía el famoso propósito de Daudet: conjugar en una figura, que es Tartarín, al Ingenioso Hidalgo y a su escudero... Quienes han insinuado que Menard dedicó su vida a escribir un Quijote contemporáneo, calumnian su clara memoria.

          No quería componer otro Quijote —lo cual es fácil— sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran ­palabra por palabra y línea por línea­ con las de Miguel de Cervantes.

          “Mi propósito es meramente asombroso”, me escribió el 30 de septiembre de 1934 desde Bayonne. “El término final de una demostración teológica o metafísica —el mundo externo, Dios, la causalidad, las formas universales— no es menos anterior y común que mi divulgada novela. La sola diferencia es que los filósofos publican en agradables volúmenes las etapas intermediarias de su labor y que yo he resuelto perderlas.” En efecto, no queda un solo borrador que atestigüe ese trabajo de años.

          El método inicial que imaginó era relativamente sencillo. Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes. Pierre Menard estudió ese procedimiento (sé que logró un manejo bastante fiel del español del siglo diecisiete) pero lo descartó por fácil. ¡Más bien por imposible! dirá el lector. De acuerdo, pero la empresa era de antemano imposible y de todos los medios imposibles para llevarla a término, éste era el menos interesante. Ser en el siglo veinte un novelista popular del siglo diecisiete le pareció una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo ­por —consiguiente, menos interesante— que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard. (Esa convicción, dicho sea de paso, le hizo excluir el prólogo autobiográfico de la segunda parte del Don Quijote. Incluir ese prólogo hubiera sido crear otro personaje —Cervantes— pero también hubiera significado presentar el Quijote en función de ese personaje y no de Menard. Éste, naturalmente, se negó a esa facilidad.) “Mi empresa no es difícil, esencialmente” leo en otro lugar de la carta. “Me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo.” ¿Confesaré que suelo imaginar que la terminó y que leo el Quijote —todo el Quijote— como si lo hubiera pensado Menard? Noches pasadas, al hojear el capítulo xxvi —no ensayado nunca por él— reconocí el estilo de nuestro amigo y como su voz en esta frase excepcional: las ninfas de los ríos, la dolorosa y húmida Eco. Esa conjunción eficaz de un adjetivo moral y otro físico me trajo a la memoria un verso de Shakespeare, que discutimos una tarde:

Where a malignant and a turbaned Turk...

          ¿Por qué precisamente el Quijote? dirá nuestro lector. Esa preferencia, en un español, no hubiera sido inexplicable; pero sin duda lo es en un simbolista de Nîmes, devoto esencialmente de Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste. La carta precitada ilumina el punto. “El Quijote”, aclara Menard, “me interesa profundamente, pero no me parece ¿cómo lo diré? inevitable. No puedo imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe:

 Ah, bear in mind this garden was enchanted!

o sin el Bateau ivre o el Ancient Mariner, pero me sé capaz de imaginarlo sin el Quijote. (Hablo, naturalmente, de mi capacidad personal, no de la resonancia histórica de las obras.) El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario. Puedo premeditar su escritura, puedo escribirlo, sin incurrir en una tautología. A los doce o trece años lo leí, tal vez íntegramente. Después, he releído con atención algunos capítulos, aquellos que no intentaré por ahora. He cursado asimismo los entremeses, las comedias, la Galatea, las Novelas ejemplares, los trabajos sin duda laboriosos de Persiles y Segismunda y el Viaje del Parnaso... Mi recuerdo general del Quijote, simplificado por el olvido y la indiferencia, puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen anterior de un libro no escrito. Postulada esa imagen (que nadie en buena ley me puede negar) es indiscutible que mi problema es harto más difícil que el de Cervantes. Mi complaciente precursor no rehusó la colaboración del azar: iba componiendo la obra inmortal un poco à la diable, llevado por inercias del lenguaje y de la invención. Yo he contraído el misterioso deber de reconstruir literalmente su obra espontánea. Mi solitario juego está gobernado por dos leyes polares. La primera me permite ensayar variantes de tipo formal o psicológico; la segunda me obliga a sacrificarlas al texto ‘original’ y a razonar de un modo irrefutable esa aniquilación... A esas trabas artificiales hay que sumar otra, congénita. Componer el Quijote a principios del siglo diecisiete era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del veinte, es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote.”

          A pesar de esos tres obstáculos, el fragmentario Quijote de Menard es más sutil que el de Cervantes. Éste, de un modo burdo, opone a las ficciones caballerescas la pobre realidad provinciana de su país; Menard elige como “realidad” la tierra de Carmen durante el siglo de Lepanto y de Lope. ¡Qué españoladas no habría aconsejado esa elección a Maurice Barrès o al doctor Rodríguez Larreta! Menard, con toda naturalidad, las elude. En su obra no hay gitanerías ni conquistadores ni místicos ni Felipe II ni autos de fe. Desatiende o proscribe el color local. Ese desdén indica un sentido nuevo de la novela histórica. Ese desdén condena a Salammbô, inapelablemente.

          No menos asombroso es considerar capítulos aislados. Por ejemplo, examinemos el xxxviii de la primera parte, “que trata del curioso discurso que hizo don Quixote de las armas y las letras”. Es sabido que don Quijote (como Quevedo en el pasaje análogo, y posterior, de La hora de todos) falla el pleito contra las letras y en favor de las armas. Cervantes era un viejo militar: su fallo se explica. ¡Pero que el don Quijote de Pierre Menard —hombre contemporáneo de La trahison des clercs y de Bertrand Russell— reincida en esas nebulosas sofisterías! Madame Bachelier ha visto en ellas una admirable y típica subordinación del autor a la psicología del héroe; otros (nada perspicazmente) una transcripción del Quijote; la baronesa de Bacourt, la influencia de Nietzsche. A esa tercera interpretación (que juzgo irrefutable) no sé si me atreveré a añadir una cuarta, que condice muy bien con la casi divina modestia de Pierre Menard: su hábito resignado o irónico de propagar ideas que eran el estricto reverso de las preferidas por él. (Rememoremos otra vez su diatriba contra Paul Valéry en la efímera hoja superrealista de Jacques Reboul.) El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más rico. (Más ambiguo, dirán sus detractores; pero la ambigüedad es una riqueza.)

          Es una revelación cotejar el Don Quijote de Menard con el de Cervantes. Éste, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo):

         ... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

         Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el “ingenio lego” Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:

         ... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

         La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales —ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir— son descaradamente pragmáticas.

          También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard —extranjero al fin— adolece de alguna afectación. No así el del precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su época.

          No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo —cuando no un párrafo o un nombre— de la historia de la filosofía. En la literatura, esa caducidad es aún más notoria. El Quijote —me dijo Menard— fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patriótico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensión y quizá la peor.

          Nada tienen de nuevo esas comprobaciones nihilistas; lo singular es la decisión que de ellas derivó Pierre Menard. Resolvió adelantarse a la vanidad que aguarda todas las fatigas del hombre; acometió una empresa complejísima y de antemano fútil. Dedicó sus escrúpulos y vigilias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente. Multiplicó los borradores; corrigió tenazmente y desgarró miles de páginas manuscritas.[3] No permitió que fueran examinadas por nadie y cuidó que no le sobrevivieran. En vano he procurado reconstruirlas.

          He reflexionado que es lícito ver en el Quijote “final” una especie de palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros —Tenues pero no indescifrables— de la “previa” escritura de nuestro amigo. Desgraciadamente, sólo un segundo Pierre Menard, invirtiendo el trabajo del anterior, podría exhumar y resucitar esas Troyas...

          “Pensar, analizar, inventar (me escribió también) no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo estupor que el doctor universalis pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será.”

          Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du Centaure de madame Henri Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?
Nîmes, 1939




Jorge Luis Borges
Pierre Menard, autor del Quijote
de El jardín de senderos que se bifurcan, 1941;
y Ficciones, 1944


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[1] Madame Henri Bachelier enumera asimismo una versión literal de la versión literal que hizo Quevedo de la Introduction à la vie dévote de san Francisco de Sales. En la biblioteca de Pierre Menard no hay rastros de tal obra. Debe tratarse de una broma de nuestro amigo, mal escuchada.

[2] Tuve también el propósito secundario de bosquejar la imagen de Pierre Menard. Pero ¿cómo atreverme a competir con las páginas áureas que me dicen prepara la baronesa de Bacourt o con el lápiz delicado y puntual de Carolus Hourcade?

[3] Recuerdo sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto. En los atardeceres le gustaba salir a caminar por los arrabales de Nîmes; solía llevar consigo un cuaderno y hacer una alegre fogata.


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¿Quién es Pierre Ménard? (Oscar Tacca)
pinchar aquí


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