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EL PAPA DEL MAR: UN CRUCERO POR EL MEDITERRÁNEO, POR SU GEOGRAFÍA E HISTORIA DE LA MANO DE VICENTE BLASCO IBÁÑEZ





Prepárese el lector para leer esta apasionante novela (y, con toda seguridad, la que le sigue), porque ni es una "novela más" ni mucho menos "una novelahistórica más".  Prepárese como quien se prepara para acometer un precioso crucero cultural por el Mediterráneo.  Porque en el Mediterráneo resulta casi imposible hacer un turismo que no sea culto, aun sin proponérnoslo.
El Papa del Mar (1925), es una de las grandes novelas históricas, un libro de viajes por nuestro mar: Niza, Marsella, Aviñón, Vaucluse, Génova, Pisa, Barcelona, Valencia, Castellón, Peñíscola… Y hasta un escarceo por la pampa argentina. Un viaje por el espacio, pero también por el tiempo: de la Costa Azul y la floreciente Argentina de principios del siglo XX a las intrigas medievales de la Europa del Cisma de Occidente. De la profunda Illueca aragonesa, casi castellana, a la Peñíscola mediterránea. Y todo ello de la mano de un guía excepcional, un narrador de primera fila y hombre culto y conocedor de los entresijos de la historia de Europa: Vicente Blasco Ibáñez.
Por si todo esto fuera poco, por si la novela no estuviera lo suficientemente bien documentada, aún nos permitimos añadir medio centenar largo de interesantes y curiosas notas a pie de página y un Apéndice de textos y documentos para todo aquel curioso ávido de ampliar y bucear por los asuntos cardinales de la materia novelada.
Es El Papa del Mar una narración escrita ya en la última etapa del escritor (1925), en cuyas páginas destila su enorme admiración por el también polémico don Pedro Martínez de Luna, Benedicto XIII, destacando su tenacidad, fuerza e influencia decisiva no sólo en la creación de España como primer estado moderno occidental (pues decisiva fue su intervención en el Compromiso de Caspe), sino también en la concepción de las raíces mismas de Europa. Desfilan por esta interesante narración ―como destaca Blasco Contell― los más altos dignatarios eclesiásticos del momento, los teólogos Gerson y Pedro de Ailly; Petrarca, con una evocación soberbia de la vieja Vaucluse; Cola de Rienzo; Juana de Nápoles; Juan Huss; un "Maestro Vicente" que iba a ser, andando el tiempo, San Vicente Ferrer, etc.
Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928). Valenciano de origen aragonés. Su procedencia humilde y su recia personalidad hicieron de él un hombre de ambición y carácter. Fue escritor, periodista, político y editor. Radical en sus ideas, y siempre hombre de acción, se mantuvo alejado de todo lo que hoy consideraríamos políticamente correcto. Miembro por edad de la generación del 98, estuvo también, como Galdós, al margen de sus miembros, personal y estilísticamente. Si aquellos se sentían atraídos por Castilla, él alardeaba de mediterráneo, valenciano, aragonés y, por supuesto, español y europeo. Si aquellos eran elitistas, él hombre del pueblo. Si aquellos hombres de reflexión, él de acción. Si aquellos apostaban por una visión purista del arte alejada de toda cuestión económica, Blasco Ibáñez proclamará con Zola la emancipación del escritor por dinero; y, de hecho, consiguió una importante fortuna con sus libros, siendo el único español de los años veinte con presencia en Hollywood: Los cuatro  jinetes del apocalipsis, y Sangre y arena. Los espíritus superiores, ―dice en un voluminoso y apasionado ensayo sobre Argentina, presente en nuestra edición―, deben apreciar el dinero, no por las comodidades que proporciona, sino porque sirve para mantenerse libre y digno. El que no necesita de otros económicamente, puede decir la verdad y darse el gusto de herir con su insolencia a los soberbios.
Qué duda cabe que en el protagonista de la novela, Claudio Borja, a través del cual se nos da a conocer la apasionante vida del Papa Luna, adivinamos también detalles biográficos del propio Blasco Ibáñez.  Especialmente su pasión y amor por lo propio que, por supuesto, no se agota en nuestra narración: tú tienes la obligación de ayudarme en esta obra de justicia ―le dirá a Claudio su tío, el canónigo Figueras, en A los pies de Venus (1926)―. Los Borgias deben interesarte más que el Papa del Mar, al que quisiste describir en un libro. Don Pedro Luna está olvidado y nadie lo calumnia, mientras los Borgias continúan siendo considerados por el vulgo como unos modelos de monstruosidad.
Esperamos, como siempre, que el lector disfrute de la lectura, aderezada con las notas y la Antología de textos y documentos que acompañan esta singular edición.


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LA LENGUA, SEÑORES... (Agustín García Calvo)




Señores: la lengua no es de nadie; esa máquina de maravillosa complejidad que ustedes mismos usan, "con la cual suele el pueblo fablar a su vezino", no es de nadie; no ya la lengua común, que no aparece en la realidad más que como lenguas de Babel, pero ni siquiera una de esas lenguas o idiomas es de nadie, y no hay académico ni emperador que pueda mandar en su maquinaria, ni cambiar por decreto ni la más menuda regla, por ejemplo, de oposiciones entre fonemas y neutralización combinatoria de oposiciones que en ella rijan.
La escritura, la cultura, la organización gubernativa, la escolar, las leyes, las opiniones, ésas sí que tienen dueño; y el dueño es el de siempre: el jefe, sus secretarios, sus sacerdotes, la persona que se cree que sabe lo que dice.
Y ésos ya se sabe lo que quieren o necesitan: quieren ordenar el mundo, el mapa, las poblaciones; es el juego terrible de niños grandes, malcriados y simplones, que ha venido arrasando tierras y torturando gentes desde el comienzo de la Historia, en nombre del Ideal; y así siguen queriendo, por ejemplo, que España sea una, que los Estados Unidos sean uno, que Cataluña sea una, que Euskal Herria o Galicia sean una cada una... Da lo mismo: el caso es someter al ideal a todos, dentro de las fronteras que les toquen: que todos sean uno.
Por medio de la escritura y de la escuela, el Poder ha utilizado una y otra vez las lenguas o idiomas para ese fin: tomando en bloque una variedad simplificada del idioma correspondiente, y sin entrar para nada a la maquinaria de la lengua, ha logrado por ley (pero siempre a través de la escuela y la escritura) imponer hasta cierto punto un idioma uniforme dentro de las lindes que los avatares de la Historia le hayan repartido a esa forma de Poder; así impuso Roma en el vasto territorio del Imperio la unidad lingüística, para apenas un par de siglos, mientras los pueblos volvían a hacer de las suyas y deshacían el latín en dialectos innumerables; y hazañas parecidas se han dado luego, en territorios más o menos amplios, como, por ejemplo, la conversión del hebreo, una lengua muerta, en idioma, relativamente uniforme, del Estado de Israel.
En aquello que iba siendo Europa hace unos ocho siglos, los hombres cultos, que hablaban diferentes idiomas o dialectos como lengua cotidiana, trataron de mantener, y mantuvieron durante unos cinco siglos, una lengua común, el latín resucitado por escrito, no sólo para las disputas escolares y científicas, sino también para los tratos internacionales. Pero ya, entre tanto, los Estados modernos, el Español, el Francés, el Inglés, se habían establecido, y preferían volver a repetir, cada cual en su ámbito propio, la empresa del Imperio: la unificación de los varios idiomas y dialectos bajo el mismo ideal; una lengua una para el Estado uno; y en la misma idea les han seguido todas las naciones de cuño estatal, chiquitas o mayores, que tratan de dividirse el mapamundi.
Cierto que el que una lengua, relativamente uniforme, ocupe vastos espacios, tiene sus ventajas, no sólo para los trámites comerciales y administrativos, sino para que, por ejemplo, esta andanada contra los tratantes de lenguas le llegue a más gente que si la escribiera en sayagués; pero la cuenta de lo que con eso gana la denuncia de la mentira en contra de lo que gana la difusión de la mentira, ¿quién, señores, me ayudará a echar esa cuenta?
En fin, lo que el Poder, nacional, autonómico, universal, quiere hacer con las lenguas y la gente, eso cualquiera, si se deja sentir, lo sabe. Algo de vergüenza da que hombres doctos y esclarecidos confundan en un trance como éste los manejos unificatorios de una u otra administración con la máquina, desconocida y libre, de la lengua. Pero tampoco eso debe extrañarnos demasiado, sabiendo y sufriendo, como sufrimos, lo que es la condición de la Cultura y la de la Persona.


Agustín García Calvo
El País, 2 julio 2008

Etimología de "Aragón" y "Ebro" en la "Crónica de Aragón" de Marineo Sículo




Entiendo sumariamente escrevir los principios de la gente y reyno de Aragón, la orden y suçessión de los reyes, con alguna parte de sus esclarecidas hazañas, hasta venir a nuestros tiempos, porque, estando la memoria de los reyes passados en la casa de Aragón y sus largas sucessiones escritas7 en lengua latina, podránse conservar para siempre y sabrán los que aora son y los que después vernán el nascimiento de su linage y los principios de su señorío.

Antes empero que hablemos de los Reyes de Aragón, me pareçe que será cosa bien al propósito dezir algo de la mesma tierra y provincia que Aragón se llama mostrando la causa de
su nombre, porque como quiera que muchos escritores ayan partido toda España en cinco provincias, es a saber, la provincia de Tarragona, Galizia, Portogal, Andaluzía y Cartaginense, del nombre d’esta provincia que Aragón se llama, que yo lo aya leýdo jamás se acordaron. Por tanto, con mayor diligencia procuré saber la causa d’este nombre y escrevirla, pues soy cierto que la ovo.
Esta región que aora Aragón se llama, en otro tiempo fue llamada Iberia a causa del río Ebro que por ella passa. Después se llamó Celtiberia, a causa de unos pueblos de Francia llamados celtas, los quales, alançados de su tierra, vinieron a parar en la ribera d’este río Ebro, donde asentaron y poblaron, de suerte que de su propio apellido, que eran celtas, y del nombre del río, que se llama en latín Ibero, llamaron esta provincia Celtiberia, y los pueblos que en ella moran, celtíberos. Muchos de los que han escrito hizieron mención d’esto, señaladamente el poeta Lucano, en un verso que dixo:

“Los celtas de Francia que mezclaron su nombre con los iberos.”

Estando yo en Roma en tiempos passados oyendo letras de Humanidad, Pomponio Leto, que estonçes me era maestro y no sin causa de todos era llamado Padre de la Antigüedad, declarándome este passo de Lucano que poco ha señalé, me dixo:

“Celtiberia es una provincia de la España, de acá de Ebro, la qual los españoles aora llaman Aragón.”

Sobr’este vocablo, ‘Aragón’, que dixo, yo le pregunté con instancia me quisiesse declarar la causa y nascimiento d’este nombre, ‘Aragón’, a lo qual me respondió diziendo:

“Acuérdome aver leýdo en algunas memorias de griegos antiquíssimas que quando Hércules passó en España con muy grande exército, después que la ovo tomada, conquistada y hecho en ella muchas y grandes ciudades, edificado assimesmo en diversos lugares puentes señaladas y muy memorables, al fin de todo, aviendo conquistado en la parte de España que es de acá de Ebro, los pueblos cántabros y vascones y sojuzgados los celtíberos, en memoria de su vencimiento acordó hazer sacrificios solemnes junto a un río que nasce de los montes Pyreneos y passa por Marzilla y otros muchos lugares de Navarra, y después se junta con Ebro; y para esto puso altar y lugar de sacrificio en la ribera d’este río. Aquí mesmo, después de aver hecho los sacrificios por orden y como debía, celebraron muchos juegos de alegría señaladamente, aquellos juegos que los griegos llaman agonales. Del nombre d’estos juegos se llamó aquel río Aragonio que primero se llama Magrada, y llamó la provincia Aragonia que primero Iberia se dezía, de suerte que por el altar, que en latín se llama ara, y los juegos, agones, juntamente dixeron Aragón.”

Lucio Marineo Sículo
del Prólogo de la Crónica d’Aragón
(1509)
Traducida al castellano
por el bachiller Juan de Molina
(Valencia, Joan Jofré, 1524)
Edición crítica de 
Óscar Perea Rodríguez

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Ver fácsimil
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Óscar Perea Rodríguez
Edición crítica



¿ACTORES CREADORES? SOBRE EL TERRITORIO DEL ACTOR, DEL AUTOR, DEL ESPECTADOR Y DEL LECTOR (Enrique Díez-Canedo)


Anuncio de un drama con
Frédérick Lemaitre como protagonista


Creación ya no quiere decir creación ex-nihilo; este sustantivo ya no admite el artículo la. Antes, cuando se decía «la creación», todo el mundo, (y perdónese el modestísimo juego de palabras) todo el mundo sabía al instante lo que se quería decir. Hoy es otro artículo el que se le antepone: una creación. Y ya nadie sabe nada de nada. Y mucho menos si se le añade el adjetivo verdadera: una verdadera creación de Fulanita. O el calificativo última: la última creación de la moda. Todos creadores. Todos con el fiat en la punta de la lengua o en la de los dedos. Por culpa, pues, de una palabreja, hemos venido a caer en una serie de equívocos que en nuestro caso podría tomar muy bien la denominación shakespeariana de «comedy of errors».
El gran argumento, «de hecho» (...) está en las vicisitudes de una pieza en que se llevo a cabo no ya una creación sino una «creación inmortal», por el gran actor Frédérick Lemaître.
Se trata de un melodrama, L'Auberge des Adrets, tan olvidado hoy como los nombres de sus autores, Antier, Saint-Amand y Polyanthe, en que se plantó en las tablas un personaje, Robert Macaire, que tuvo fortuna escénica y trascendió más tarde, con Daumier, a la plástica; el propio Lemaître cuenta el suceso:
«La historia de este melodrama siniestro, convertido en bufonada, después de concebido en serio por sus autores, se ha desfigurado de tal suerte que acaso no carezca de interés el relatar los orígenes verdaderos de esa fantasía, que no había de ser sino el prólogo de una comedia llamada diez años más tarde a despertar con tanta fuerza la susceptibilidad de más de un Robert Macaire en elevada situación o de un Bertrand condecorado.
«Cuando terminó la lectura, hecha en el teatro, me salí de allá con desaliento, pensando en el papel de Macaire, que había de ser mi primera creación. ¿Cómo lograr que aceptara el público aquella intriga sombría y tenebrosa, desarrollada en estilo todo lo contrario de académico? ¿Como realizar, sin mover a risa, un personaje groseramente cínico, asesino de carretera, espantoso como el ogro de los cuentos, que llevaba su impudencia hasta rizarse las patillas con un puñal, mientras mordisqueaba un trozo de queso de gruyère?... Una noche, hojeando mi manuscrito, empecé a encontrar bufas todas las situaciones y todas las frases de los papeles de Robert Macaire y Bertrand, si se las tomaba en cómico. Participé a Firmin, mozo de ingenio, que, como yo, no se encontraba a gusto en su papel de Bertrand, la idea extraña, loca, que me había cruzado por la imaginación, y la encontró sublime. Pero había que librarse de proponer la transformación a los autores, persuadidos de que habían hecho otro Cid. Resueltos, sin embargo, a poner en ejecución nuestro plan a toda costa, convinimos Firmin y yo, en complicidad, los efectos que nos proponíamos poner en juego, sin comunicárselo a nadie; y llegada la noche del estreno hicimos una entrada que ni siquiera habíamos apuntado en los ensayos...
«Nada se le escapó a la ávida sagacidad de un público sobreexcitado por espectáculo tan nuevo e imprevisto...» Se acogió a carcajadas el indumento, la gesticulación, las exageraciones, hasta los puntapiés de los personajes confabulados, que representaban a lo grotesco en tanto que los demás prodigaban cándidamente el tono del melodrama. «Mlle. Levesque -cuenta Frédérick Lemaître- puso en el personaje de María, la infortunada esposa de Robert Macaire, la misma convicción que años antes había prestado a su creación de Teresa o la huérfana de Ginebra».
El resultado fue tan brillante como imprevisto. De aquel difunto melodrama salió luego el Robert Macaire en que colaboraron dos de los primitivos autores, que supieron darse cuenta del error, y se pasaron al enemigo con armas y bagajes.
La historia, que en parte he traducido y en parte he condensado, no tiene para mí total valor probatorio. El actor Lemaître lo que hizo fue interpretar el verdadero sentido de la pieza, que se les había escapado a los autores; o, en el mejor caso, hacer de autor e interpretar su concepción propia. Lo contrario dicen que ocurrió en España gracias al ingenio de un autor, no de un comediante, con La venganza de don Mendo, que tanta fama ha llegado a conquistar. Según las crónicas semisecretas, cuchicheadas en los escenarios, La venganza de don Mendo era, en su origen, un drama serio de autor en otro tiempo aplaudido, proveedor de los Guerrero-Mendoza: el académico Juan Antonio Cavestany. No tengo inconveniente en decir el nombre, aquí, entre nosotros, porque tal vez la historia ande ya impresa, y porque, en todo caso, puede aceptarse como simple murmuración. Andaban los cómicos un tanto remisos, previendo un fracaso, cuando Pedro Muñoz Seca vino a conocer la obra y pensó que alterando un poco los versos y cambiando los «pezzi di bravura» en tiradas chistosas, conservando los efectos dramáticos, podría obtenerse un resultado magnífico. Y así fue. Estrenada como farsa y parodia de un género, con el nombre de Muñoz Seca, vino a ser uno de sus grandes éxitos. Ahora bien: años más tarde, el propio Muñoz Seca, vino a estrenar con ostentación otro drama, La raya negra, que, con el mismo tratamiento, no habría dejado de ser otra obra maestra de comicidad. Pero el autor lo tomaba en serio y entre los cómicos no hubo uno con la perspicacia de un Frédérick Lemaître... o de un Muñoz Seca en el otro momento... y los anales del teatro en Madrid no registran en muchos años caída más espantosa que la de La raya negra. Allí no hubo creación, sino «la fin del mundo».
Pero me aparto de mi camino, que era el de discutir, entre arte y oficio, cuál es la categoría del arte del comediante. Nadie puede negar que, por virtud del comediante, ha percibido, en las obras teatrales, bellezas maravillosas; pero, en mi opinión, tales bellezas son distintas de las que la obra encierra, visibles para todos en la simple lectura. Me refiero, claro esta, a las obras maestras, o, sencillamente, a las que tienen determinado y verdadero valor literario; es decir, a las que viven independientemente de la representación. Interpretando éstas, el actor o la actriz realizan su obra artística personal con un margen amplísimo, con una variedad de efectos tan grande como pueda ser el número de los intérpretes y de las representaciones. Me explicaré.
Yo leo el monólogo de Hamlet, y experimento una determinada impresión al saborear los versos maravillosos: To be or not to be... Pero acudo a una representación del Hamlet y a mi experiencia personal voy añadiendo otras. Veo a Zacconi, por ejemplo, rubicundo, corpulento, ancho para su altura, con largos bigotes caídos, sentarse en un sitial e ir declamando los conceptos de Shakespeare como si se le desmenuzaran entre los dedos; veo a Sarah Bernhardt, grácil, con su rostro pálido de Hamlet lampiño, inmóvil hacia el fondo de la escena, con un brazo en alto, cogido a la parte alta de una cortina, ensimismada, modulando su voz de oro; veo a tal comediante español, he olvidado su nombre, adelantándose al proscenio para consultarle al público las dudas de Hamlet en tal tono que parece imposible no escuchar, en traslado del ser o no ser con que el monólogo se inicia,  una expresión chulesca: o semos o no semos: ustedes, ¿qué me aconsejan? El mismo trozo dramático, el monólogo inmortal, me hace pasar así, cuando lo veo interpretado, por una serie de emociones ausentes de mi espíritu cuando lo leo y que pueden tocar en lo sublime o dar de lleno en lo ridículo. Todo ese territorio es el propio del comediante.
Mas ¿no puede el arte de éste sacar partido de lo que no tiene sustancia propia? Ya hemos visto que sí, en el ejemplo analizado de Robert Macaire; y nuestra experiencia personal, por corta que sea, puede acumular ejemplos. Si vamos al teatro todos los días, no hemos de hacernos ilusiones: hemos visto una serie de obras teatrales que nos han entretenido más o menos, pero en las cuales apenas hemos hallado otra cosa que la gracia o la fuerza de expresión de un comediante; la armonía, harto menos frecuente, de un conjunto; la presentación escénica, tal vez ingeniosa: pero si leemos la comedia o el drama, no encontramos en la letra escrita nada de lo que nos divirtió o sedujo. Luego aquí, se dirá, el comediante crea; hace algo de lo que nada es. Concedido. Pero cabalmente la cualidad de ese algo es lo que distingue la obra del artista.


Enrique DÍEZ-CANEDO
El teatro y sus enemigos,
Ed. La casa de México, 
Méjico, 1939



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INDICIOS, EN LA ÉPOCA DE COLÓN, DE QUE LA TIERRA ERA REDONDA (HISTORIA GENERAL DE LA INDIAS)




Capt. II. De las razones que movieron al Almirante, don Cristóbal Colón, para persuadirse que había nuevas tierras.

Teniendo, pues, el Almirante muchos fundamentos naturales, autoridades de escritores e indicios de navegantes, y viendo que es natural razón que toda el Agua y la Tierra del Mundo forman la Esfera , y que puede ser redonda de Oriente a Occidente, caminando los hombres por ella, halla venir los pies de los unos, contra los pies de los otros, en cualquiera parte que se hallen en contrario; y proponiéndose, que gran parte de esta Esfera estaba navegada, y que ya no quedaba por descubrir sino el espacio que había de las partes mas Orientales de la India (de que Ptolomeo tuvo noticia) hasta que siguiendo el camino de Oriente, se volviese por nuestro Occidente a las Islas de las Azores, y de Cabo Verde, que era la Tierra mas Occidental que entonces se hallaba descubierta, y que este espacio que había entre el fin Oriental y las Islas de Cabo Verde no podía ser mas de la tercera parte del Circulo mayor de la Esfera, pues que ya se había llegado a Oriente por cinco horas de Sol. Hizo cuenta, que si habiendo Marín escrito en su Cosmografía, lo que toca a quince horas , o parte de la Esfera, hacia la parte Oriental, aun no había llegado al fin de la Tierra de el Oriente y por lo cual convenía, que este fin estuviese mas adelante. Y, consecutivamente, cuanto mas se extendiese hacia el Oriente, tanto más viniese a acercase a las Islas de Cabo Verde por nuestro Occidente; y que si tal espacio fuese mayor , fácilmente se había de navegar en pocos días; y si fuese Tierra, antes fe vendría a descubrir por el mismo Occidente, porque vendía a estar más cerca de las dichas Islas; y esta opinión le confirmó Martín de Bohemia, portugués, su amigo, Natural de la Isla del Faial, gran Cosmógrafo. 
Por muchas maneras daba Dios causas a D. Cristóbal Colón, para emprender tan gran hazaña. Y demás de las razones, que se han referido, que le movieron, tuvo experiencias muy probables; porque hablando con hombres, que navegaban los Mares de Occidente, especialmente a las Islas de las Azores, le afirmó Martín Vicente, que hallándole una vez cuatrocientas y cincuenta leguas al Poniente del Cabo de San Vicente y tomo un pedaco de madero labrado por artificio, y a lo que se juzgaba no con hierro. De lo cual, y por haber ventado muchos días ponientes imaginaba que aquel palo provenía de alguna isla (...)


Antonio Herrera y Tordesillas
Décadas I, Libro I, Capt. II
(Historia general de los hechos 
de los castellanos en las islas
y tierra firme del mar Oceano,1726)




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LECTURAS HISPÁNICAS PUBLICA: "NERÓN. SU VIDA Y SU MUERTE"



El clamoroso éxito de la novela histórica en las últimas décadas no ha tenido reflejo en un mayor acercamiento del público a las fuentes originales. Obedece esto, seguramente, al temor de encontrarnos con textos complejos y soporíferos y a motivos comerciales que acechan al lector con libros de moda mientras que para llegar a los clásicos ha de ser este quien deba encontrarlos, a menudo en los más sombríos rincones de muy escasas librerías.
Sin embargo, serían muchos quienes se sorprenderían al comprobar que las fuentes suelen presentar una lectura más ágil y amena que la gran mayoría de best-sellers que, precisamente, en busca de un supuesto lenguaje arcaíco que los haga más creíbles, caen justo en la expresión alambicada, retorcida y alejada no tanto del tiempo que pretenden recrear (que también) como de la percepción y sensibilidad humanas; una y otra inalterables en el tiempo y el espacio. 
De modo que, frecuentemente, nos resulta más cercana la voz del propio Séneca en sus diálogos que la que una Cleopatra de ficción imposta en algunas novelas históricas. 
La misma frescura que en Séneca encontramos en Tácito o en Suetonio. Y eso es lo que el lector medio podrá experimentar con el Nerón que presentamos: una lectura sencilla, ágil y amena.
Pero vamos ya con nuestro particular César. ¿Quién no ha oído hablar de Nerón, de sus excentricidades, sus fobias, sus crímenes y sus orgías; de la tenebrosa e incestuosa relación con su madre, Agripina, a la que acabará asesinando; de sus tres mujeres, Octavia, Popea y Mesalina y los violentos finales de cada una de ellas; de las relaciones con sus siervos, criados y amantes; de su correrías por Roma y sus crueles atrocidades; sus composiciones musicales y sus propias e insufribles interpretaciones; del incendio de Roma, la cruel matanza de cristianos y el colosal proyecto de su dorado palacio, su famosa domus áurea; o del triste destino de muchos afamados miembros de su séquito; de los provocados suicidios de Séneca, Anneo Lucano o Petronio… o, en fin, de su propia muerte? 
Tres son las fuentes principales de las que se nutren las mejores biografías de Nerón. La principal, Tácito. El más riguroso, el implacable, en palabras de Victor Hugo, el historiador por antonomasia. Le seguirá Suetonio, más efectista y sensacionalista. Y, por último, Dion Casio, quizá demasiado alejado ya de la época, pues mientras Tácito y Suetonio escriben a medio siglo los hechos que narran, Dion Casio lo hará siglo y medio más tarde. Leer en todo caso a cualquiera de ellos constituye una experiencia inolvidable porque los tres consiguen trasladarnos a aquel mundo, revivirlo, contemplarlo y comprender, asombrados, que la naturaleza humana varía muy poco en el espacio y en el tiempo. 
Tentadora resulta además la comparacion entre aquella época y la nuestra, ambas de agudas crisis y de disolución de antiguos (o viejos, según se mire) valores, en las que aflora lo mejor y lo peor del alma humana, sorprendiéndonos también de nosotros mismos por nuestra profunda capacidad de adaptación tanto a los contextos que nos son más ajenos como a las circunstancias más extremas. 
En cuanto a las traducciones, en el caso de Tácito, hemos optado por la más clásica, y seguramente la más leída de aquellas: la de Carlos Coloma, tercero de los traductores españoles de los Anales y con mucho más éxito que las de Manuel Sueyro o la de Álamos de Barrientos, que apenas fueron reeditadas. Y en lo que a la muerte de Nerón se refiere, al no habernos llegado completa la obra de Tácito, hemos completado dicha laguna recurriendo a las Vidas de los doce césares de Suetonio, que la trata con detalle en sus últimos capítulos. Aquí nos hemos limitado a una versión actualizada por nuestra propia mano de la entrañable traducción de Jaime Bartolomé. 
Referente a las notas a pie de página, conservamos las originales del propio Carlos Coloma, precedidas todas ellas de un asterisco (*), a las que añadimos las nuestras.
Y a la manera de una introducción a Tácito, nos ha parecido oportuno anteponer la reflexión (artístico-literaria, más que científica) que sobre Tácito hace nada menos que el genial Víctor Hugo en su grandioso ensayo sobre Shakespeare. 
Finalmente, esperamos haber cumplido nuestro objetivo, como siempre meramente divulgativo, presentando al lector no versado en los clásicos las dos fuentes principales que sobre la vida y muerte de Nerón han llegado a nuestros días. Si, tras la lectura, dicho lector adquiere una idea de la figura de Nerón y de su época, nos daremos por satisfechos. Si, además, pasa de nuestra edición a otra de carácter científico de las muchas y buenas que abundan en el mercado, en tal caso habremos visto colmadas nuestras mejores expectativas. 


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Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014


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LAS MIL VICIOSAS SUPERFLUIDADES Y ABOMINABLES LUJURIAS PROPICIADAS POR NERÓN (Tácito)


Referiré aquí uno de sus más celebrados y espléndidos banquetes que hizo aparejar por Tigelino, lleno de mil viciosas superfluidades y abominables lujurias, el cual nos podrá servir de ejemplo para excusarnos de contar muchas veces semejantes prodigalidades. Hizo, pues, fabricar en el estanque de Agripa una grande y capacísima balsa de vigas, sobre cuya plaza se hiciese el banquete, y ella fuese remolcada por bajeles de remo. Eran estos bajeles barreados de oro y marfil, de encaje, y los remeros mozos deshonestos y lascivos, compuestos y repartidos según su edad y abominables cursos de lujuria. Había hecho traer aves y fieras de diferentes tierras, y peces hasta del mar Océano. A las orillas y puntas del estanque había burdeles llenos de mujeres ilustres, y por otra parte se veían públicas rameras desnudas que hacían gestos y movimientos deshonestos; y llegada la noche, el bosque, las casas y cuanto había alrededor del lago comenzó a resonar y a responder con ecos de infinitas músicas, y voces, resplandeciendo todo con hachas; y al mismo Nerón, discurriendo aquellos días y revolcándose a sus anchuras por todo género de vicio y sensualidad natural y contra natura, no le faltó otra cosa por cometer para calificarse por el más abominable de todos los hombres, que la que hizo pocos días después casándose públicamente en calidad de mujer con uno de aquel nefando rebaño, llamado Pitágoras, y usando de todas las solemnidades y ceremonial que se suelen hacer en los casamientos. En éste se le puso al emperador el velo llamado flameo; viéronse los agoreros áuspices, señalóse dote a la novia, aparejóse la cama a los desposados, encendiéronse las hachas con los ritos que se acostumbran en las bodas, y juntamente se vio en él todo aquello que hasta en los casados verdaderamente suele encubrir la noche.


Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014







AGRIPINA (MADRE DE NERÓN): QUE ME MATE CON TAL DE QUE REINE (Tácito)



2. «Occidat, dum imperet!» («¡Que me mate con tal de que reine!»).

IX. En esto convienen todos los autores. Mas que Nerón después consideró el cuerpo de su madre muerta y alabó su hermosura, habiendo algunos que lo afirman, hay otros que lo niegan. Fue quemado su cuerpo la misma noche en una camilla donde se solía reclinar para comer y con viles exequias.
Y mientras Nerón imperó no se recogieron ni enterraron sus cenizas. Después, por diligencia de algunos criados suyos, alcanzaron un ordinario sepulcro entre el camino que va al monte Miseno y la quinta de César dictador, que colocada en altísimo sitio señorea aquellos senos de mar que tiene debajo. Después de encendida la hoguera, un liberto suyo llamado Mnester se atravesó con su espada el pecho: no se sabe si por amor que tuviese a su señora, o por miedo de otra muerte más cruel. Tenía Agripina creída y menospreciada muchos años antes la muerte de que acabó; porque consultando con los caldeos sobre la fortuna que había de tener Nerón, le respondieron que sería emperador y que mataría a su madre. Y ella respondió: Mate, con tal que reine[1].

Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014


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[1] «Occidat, dum imperet!» Expresión que ha pasado a la Historia para los manuales de retórica (y de psicoanális freudiano).

PETRONIO, ÁRBITRO DE LA ELEGANCIA (Tácito)



Tenía Petronio por costumbre dormir los días y valerse de las noches para hacer en ellas sus negocios y tomar sus deleites, regalos y pasatiempos. Y como otros por su industria y habilidad, éste por su negligencia y descuido había ganado reputación; y con todo eso no era tenido por tabernero y desperdiciador, como lo suelen ser muchos que por este camino consumen sus haciendas, sino por hombre que sabía ser vicioso con cuenta y razón. Sus dichos y hechos, cuanto por vía de simplicidad y descuido se mostraban más libres y disolutos, tanto se recibían y solemnizaban con mayor gusto.

Pero, sin embargo de esto, cuando fue procónsul de Bitinia y después cónsul dio buena cuenta de sí, y se mostró vigilante en los negocios públicos. Vuelto después a los primeros vicios o a su imitación, fue recibido de Nerón por uno de sus más íntimos familiares, para ser árbitro y juez de las galas y términos cortesanos; no teniendo Nerón por gustoso ni agradable en aquella gran abundancia y avenida de vicios sino solo aquello que aprobaba Petronio; de donde tuvo origen el aborrecimiento de Tigelino, como contra émulo y competidor suyo, y más privado que él en las materias deleitosas y sensuales. Tigelino, pues, tomó para derribarle el camino de la crueldad del príncipe, inclinación a que se rendían en él todas las demás, imputando por delito a Petronio la amistad que había tenido con Cevino, y sobornando a uno de sus esclavos para que sirviese de acusador. Con esto, por quitarle la comodidad de defenderse, hizo arrebatar la mayor parte de su familia y ponerla en estrechas prisiones.
Acaso había ido César aquellos días a la provincia de Campania, y llegando Petronio hasta Cumas, fue detenido allí.


Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014




LA MUERTE DE SÉNECA (Tácito)



Después de haber dicho en general éstas y semejantes cosas, abraza a su mujer, y habiéndole mitigado algún tanto la fuerza del temor presente, le exhorta y le ruega que trate de templar y no de eternizar su dolor, procurando con la contemplación de su vida pasada virtuosamente tomar algún honesto consuelo y en su manera olvidar la memoria de su marido. Ella, en contrario, afirmando que también tenía hecha resolución de morir entonces, pide con gran instancia la mano del matador. Con esto, Séneca, no queriendo impedirle su gloria, y juntamente amándola con ternura, por no dejar a tan caras prendas en poder de tantas injurias y tan crueles destrozos, le dijo: Yo te había mostrado los consuelos que había menester para entretener la vida; mas veo que tú escoges la gloria de la muerte. No pienso mostrar que te tengo envidia al ejemplo que has de dar de ti, ni estorbarte esta honra. Sea igual entre nosotros dos la constancia de nuestro generoso fin; aunque es cierto que el tuyo resplandecerá con mayor excelencia.


Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014






¿CRISTO O NERÓN? NERÓN Y EL INCENDIO DE ROMA, EN TÁCITO




Siguióse después en la ciudad un estrago, no se sabe hasta ahora si por desgracia o por maldad del príncipe, porque los autores lo cuentan de entrambas maneras, el más grave y el más atroz de cuantos han sucedido en Roma por violencia de fuego. Salió de aquella parte del Circo que está pegada a los montes Palatino y Celio, donde comenzó a prender en las tiendas en que se venden aquellas cosas capaces de alimentarle. Hízose con esto tan fuerte y poderoso, que con mayor presteza que el viento que le ayudaba, arrebató todo lo largo del Circo, porque no había allí casas con reparos contra este elemento, ni templos cercados de murallas, ni espacios de cielo abierto que se opusiesen al ímpetu de las llamas; las cuales, discurriendo por varias partes, abrasaron primero las casas puestas en lo llano, y subieron después a los altos, y de nuevo se dejaron caer a lo bajo con tanta furia, que del todo prevenía su velocidad a los remedios que se le aplicaban. 
Ayudóle al fuego el ser la ciudad en aquel tiempo de calles muy angostas y torcidas a una parte y a otra, todo sin orden ni medida, cual fue el antiguo edificio de la vieja Roma. 
(...)
Trajéronse de Ostia y de las tierras cercanas muebles y alhajas de casa, y bajó el precio del trigo hasta tres nummos. Todo lo cual, aunque provechoso y deseado del pueblo, le era con todo eso muy poco acepto, por haberse divulgado por toda la ciudad y corrido voz de que en el mismo tiempo que se estaba abrasando Roma, había subido Nerón en un tablado que tenía en su casa, y cantado en él el incendio y la destrucción de Troya, comparando los males presentes con aquellas antiguas calamidades.
(...)
Mas ni con socorros humanos, donativos y liberalidades del príncipe, ni con las diligencias que se hacían para aplacar la ira de los dioses era posible borrar la infamia de la opinión que se tenía de que el incendio había sido voluntario. Y así Nerón, para divertir esta voz y descargarse, dio por culpados de él, y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos, a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido justiciado por orden de Poncio Pilato, procurador, de la Judea, y aunque por entonces se reprimió algún tanto aquella perniciosa superstición tornaba otra vez a reverdecer. 

Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014






NERÓN, VESTIDO DE MUJER SE CASA CON SU AMIGO PITÁGORAS (Tácito)




Hizo, pues, fabricar en el estanque de Agripa una grande y capacísima balsa de vigas, sobre cuya plaza se hiciese el banquete, y ella fuese remolcada por bajeles de remo. Eran estos bajeles barreados de oro y marfil, de encaje, y los remeros mozos deshonestos y lascivos, compuestos y repartidos según su edad y abominables cursos de lujuria. Había hecho traer aves y fieras de diferentes tierras, y peces hasta del mar Océano. A las orillas y puntas del estanque había burdeles llenos de mujeres ilustres, y por otra parte se veían públicas rameras desnudas que hacían gestos y movimientos deshonestos; y llegada la noche, el bosque, las casas y cuanto había alrededor del lago comenzó a resonar y a responder con ecos de infinitas músicas, y voces, resplandeciendo todo con hachas; y al mismo Nerón, discurriendo aquellos días y revolcándose a sus anchuras por todo género de vicio y sensualidad natural y contra natura, no le faltó otra cosa por cometer para calificarse por el más abominable de todos los hombres, que la que hizo pocos días después casándose públicamente en calidad de mujer con uno de aquel nefando rebaño, llamado Pitágoras, y usando de todas las solemnidades y ceremonial que se suelen hacer en los casamientos. En éste se le puso al emperador el velo llamado flameo (*), viéronse los agoreros áuspices, señalóse dote a la novia, aparejóse la cama a los desposados, encendiéronse las hachas con los ritos que se acostumbran en las bodas, y juntamente se vio en él todo aquello que hasta en los casados verdaderamente suele encubrir la noche.

Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014




(*) Un tipo de velo nupcial propio de las novias romanas.  





EL SUEÑO EVANESCENTE DE ESCIPIÓN (Cicerón)



LIBRO SEXTO

SINOPSIS.

Premios que aguardan a los buenos políticos y gobernantes. El sueño de Escipión: con ocasión de verse acogido éste por el rey Masinisa, gran amigo de su padre adoptivo, el primer Africano, la noche inmediata lo ve en sueños elevado a los cielos, según las creencias pitagóricas, y conversando con él de los destinos de Roma y los suyos personales.

* Las pasiones, pesadas dueñas del pensamiento exigen imperiosamente una, infinidad de cosas, que, como no pueden satisfacerse ni colmarse de ninguna manera, incitan a cualquier fechoría a cuantos se ven arrebata-dos por sus atractivos.

* ... lo que todavía era más grave, pues, siendo colegas acusados por igual, no sólo no lo fueron en la impopularidad, sino que el favor de Graco salvó de ésta a Claudio.

* Nuestros antepasados, en efecto, quisieron que los matrimonios tuvieran una firme estabilidad.

* ESCIPION. - ...pero, aunque no tienen los sabios mayor premio de su virtud que la conciencia de sus gestas egregias, sin embargo, su virtud divina no necesita estatuas fijadas con plomo, ni honores triunfales con marchitos laureles, sino un tipo de premios más perennes y más lozanos.

LELIO. - ¿Cúales son estos premios?

ESCIP. - Tened paciencia pues ya estamos en el tercer día de las Ferias Latinas.

(SUEÑO DE ESCIPION)

* ESCIPIÓN. - Habiendo llegado a África, cerca del cónsul Manio Manilio, como tribuno militar, ya lo sabéis, de la cuarta legión, nada deseaba más que visitar al rey Masinisa, muy amigo, por justos motivos, de mi familia. Al encontrarle, el anciano rey rompió a llorar, abrazándome, y poco después, mirando al cielo, dijo: «Te doy gracias, soberano Sol, y a vosotros, los demás astros, porque antes de emigrar de esta vida puedo ver en mi reino y bajo este mismo techo a Publio Cornelio Escipión, cuyo mismo nombre al oírlo me conforta: hasta tal extremo no me abandona nunca el recuerdo de aquel hombre óptimo e invictísímo.» Luego, yo le pregunté sobre su reino y él sobre nuestra re-pública, y se nos pasó el día con una larga conversación entre los dos.

Después de la recepción solemne en el palacio real, continuamos conversando hasta muy avanzada la noche, no hablando el anciano rey de otra cosa que del Africano, y recordando no sólo sus gestas sino también sus dichos. Finalmente, al retirarnos a la cama, estando yo cansado de la jornada y de haber trasnochado, me cogió el sueño más profundo de lo que solía, y se me apareció el Africano, bajo la imagen que me era más conocida por su retrato que por haberlo visto. Creo que fue por lo que habíamos hablado, pues suele suceder que nuestros pensamientos y conversaciones producen luego en sueños algo parecido a lo que escribe Ennio de Homero, sobre el que muchas veces, de día, solía pensar y hablar; en cuanto lo reconocí, me asusté ciertamente, pero él me dijo: «Ten ánimo y no temas: pro-cura recordar lo que te voy a decir. ¿Ves esa ciudad que yo obligué a obedecer al pueblo romano, pero renueva ahora su antigua guerra y no puede estar tranquila?» Y me enseñaba Cartago, desde un lugar alto y estrellado, espléndido y luminoso. «Tú vienes ahora para asediarla, siendo poco más que un simple soldado; dentro de dos años la destruirás como cónsul y ese nombre (de Africano) que tienes ahora como sucesor mío, te lo habrás ganado por ti mismo. Una vez que hayas aniquilado Cartago, hayas celebrado el triunfo hayas sido censor, hayas ido como legado a Egipto, Si-ria, Asia y Grecia, por segunda vez serás elegido cónsul, en tu ausencia, y harás la más terrible guerra: asolarás Numancia. Pero cuando subas al Capitolio en el carro triunfal, tropezarás con una república perturbada por la- imprudencia de mi nieto.
En este momento, tú, Africano, deberás descubrir a la patria la luz de tu valeroso ingenio y de tu prudencia; pero veo la ruta, diría, del destino como doble en ese momento.
Cuando tu edad haya cumplido siete veces ocho giros solares, y estos dos números, que se tienen los dos como perfectos por distintas razones, hayan completado por natural circuito la edad destinada, la ciudad se volverá entera sólo hacia ti y hacia tu apelli-do: el Senado tendrá la vista puesta en ti, y todas las personas de honor, los aliados, los latinos; tú serás el único en quien apoyar la salvación de la ciudad, y, para decirlo pronto, deberás como dictador poner orden en la república, si es que consigues escapar de las impías manos de tus parientes.
Como, al oír esto, Lelio hubiera lanzado una excla-mación y los otros hubieran gemido sensiblemente, Escipión sonriendo suavemente dijo: «¡Chis ... !, por favor. No me despertéis del sueño, y escuchadme todavía un poco más.

Pero para que tú, Africano, estés más decidido en la defensa de la república, ten esto en cuenta: para to-dos los que hayan conservado la patria, la hayan asisti-do y aumentado, hay un cierto lugar determinado en el cielo, donde los bienaventurados gozan de la eternidad. Nada hay, de lo que se hace en la tierra, que tenga mayor favor cerca de aquel dios sumo que gobierna el mundo entero que las agrupaciones de hom-bres unidos por el vínculo del derecho, que son las lla-madas ciudades. Los que ordenan y conservan éstas, salieron de aquí y a este cielo vuelven.

En este momento, aunque estaba yo atemorizado, no tanto por el temor de la muerte como por el de las asechanzas de mis allegados le pregunté si él vivía, y mi padre Paulo y los otros que pensamos que se han extinguido.

Y dijo Escipión: «Nada de eso; antes bien viven des-pués de haber conseguido escapar volando de las atadu-ras corporales como si fuera de una cárcel. Esta que vosotros llamáis vida, en cambio, es una muerte. ¿No ves, pues, que viene hacia aquí tu padre Paulo?» Al ver-le, prorrumpí yo en llanto, y él no me dejaba llorar, abrazándome y besándome.

Y yo, apenas pude empezar a hablar después de contener el llanto, dije: «Padre mío respetadísimo y ópti-mo, si, como oigo decir al Africano, esta vuestra es la verdadera vida, ¿por qué sigo yo en la tierra?, ¿por qué no me apresuro a venir con vosotros?» Dijo él: «No es cosa de eso. En tanto no te libere de la prisión de tu cuerpo este dios cuyo templo es todo lo que ves no hay entrada para ti aquí. Porque los hombres fueron engendrados con esta ley, y deben cuidar de este globo que ves en el centro de este templo y se llama la tierra, y se les dio el alma sacada de aquellos fuegos eternos que llamamos constelaciones y estrellas, que en forma de globos redondos, animados por mentes divinas, reco-rren con admirable celeridad sus órbitas circulares». Por lo que, tú, Publio, y otros hombres piadosos como tú, debéis conservar el ánimo en la prisión del cuerpo, y no debéis emigrar de la vida humana sin autorización de aquel que os la dio, para que no se diga que habéis rehuido el encargo humano asignado por dios. Antes bien, tú, Escipión, como tu abuelo aquí presente, como yo mismo que te engendré, vive la debida piedad, la cual, siendo muy importante respecto a los progenitores y parientes, lo es todavía más respecto a la patria. Tal conducta es el camino del cielo y de esta reunión de los que ya han vivido y, libres del cuerpo, habitan este lugar que ves -era, en efecto, un círculo que bri-llaba con resplandeciente blancura entre llamas- y que, siguiendo a los griegos, llamáis la Vía Láctea. Desde él podía contemplar todo el resto luminoso y maravilloso. Eran las estrellas que nunca vemos desde la Tierra, todas de grandeza que nunca pudimos sospechar, de las cuales era la mínima una que, la más alejada del cielo y más próxima a la Tierra, brillaba con luz ajena. No había comparación entre las esferas estelares y el tamaño de la Tierra, pues la misma Tierra me pareció tan pequeña, que me avergoncé de este imperio nuestro que ocupa casi sólo un punto de ella. »

Al mirarla yo por un cierto tiempo, dijo Africano: «¿Hasta cuándo estará tu mente fija en el suelo? ¿No ves a qué templos has venido? Todo el universo puedes ver encerrado en nueve órbitas, o mejor esferas, de las cuales hay una exterior celeste, que encierra a todas las demás, como el dios supremo que gobierna y contiene a los otros, y en la que están fijadas aquellas órbitas sempiternas que recorren las estrellas. A esta órbita se supeditan las otras siete que giran al revés, en sentido contrario al celestial. De ellos hay uno que ocupa aquella estrella que en la Tierra llaman Saturno. Viene luego el astro fulgurante, propicio al género humano y saludable, que se llama Júpiter. Luego aquel enrojecido terrible que llamáis Marte. Más abajo, el Sol ocupa como la zona central, a modo de jefe principal y moderador de las demás luminarias, mente y armonía del mundo, y de tal magnitud que ilumina y llena todo con su luz. Le siguen como acompañantes la órbita de Venus y la de Mercurio, y más abajo de todos gira la Luna encendida por los rayos del Sol. Debajo de ella ya no queda nada que no sea mortal o caduco, a excepción de las almas dadas al género humano como don divino. Por encima de la Luna todo es eterno. Y la Tierra, que está en medio en noveno lugar, no se mueve y es la menor; hacia ella tienden todos los cuerpos por su propio peso».

Cuando me recuperé de contemplar estupefacto, dije: «¿Qué es eso? ¿Qué sonido es éste tan grandioso y suave que llena mis oídos?» Respondió él: «Es el sonido que se produce por el impulso y movimiento de las ór-bitas, compuesto de intervalos desiguales, pero armoni-zados, y que, templando los tonos agudos con los gra-ves, produce equilibradamente armonías varias. Porque tan grandes movimientos no podrían causarse con silencio, y hace la naturaleza que los extremos suenen, unos, graves, y otros, agudos. Por lo cual, la órbita su-perior del Cielo, aquella de las estrellas, cuyo giro es el más rápido, se mueve con un sonido agudo e intenso, y con el sonido más grave, en cambio, este inferior de la Luna, pues la Tierra, en el noveno lugar, permanece siempre en su misma sede, inmóvil, ocupando el lugar central de todo el mundo. Esas ocho órbitas, dos de las cuales son iguales, producen siete sonidos distintos por sus intervalos, cuyo número siete es como la clave de todas las cosas. Imitando esto los hombres sabios en las cuerdas de la lira y en los modos del canto, se abrie-ron el camino para poder regresar a este lugar, lo mismo que otros que, con superior inteligencia, cultivaron en su vida humana los estudios divinos. Los oídos humanos han quedado ensordecidos por la plenitud de este sonido, del mismo modo que, allí donde el Nilo se precipita desde altísimas montañas en los llamados Ca-tadupos, la gente que vive en aquel lugar carece del sentido del oído a causa de la intensidad de tal ruido. Este otro es tan fuerte a causa del rapidísimo movimien-to del mundo, que los oídos humanos no pueden captar-lo, como tampoco podéis mirar el sol de frente y vues-tras vista no resiste sus rayos.»

A pesar de que admiraba yo estas cosas, de hito en hito dirigía mi mirada a la Tierra. Dijo entonces Africa-no: «Veo que todavía contemplas la sede doméstica de los hombres. Pero si te parece pequeña, como efectivamente es, mira siempre estas otras cosas celestiales y desprecia aquellas otras humanas. Porque tú ¿qué fama de elocuencia humana o qué deseable gloria puedes al canzar? Ya ves tú que se habita la Tierra sólo en pocos lugares estrechos, y que esos mismos lugares habitados son como manchas en las que hay extensos desiertos intermedios, y que los habitantes de la tierra, no sólo están separados que nada se puede comunicar de unos a otros, sino que algunos se hallan en posición oblicua, otros en transversal y otros incluso adversos a voso-tros de ellos no podéis esperar ciertamente gloria alguna.

Es más: aunque la generación de los hombres venideros quisieron luego transmitir a la posteridad la fama de cualquiera de nosotros que le transmitieron sus an-tepasados, sin embargo, a consecuencia de las inunda-ciones e incendios de la Tierra que necesariamente su-ceden en determinados momentos, no conseguiríamos una fama, no ya eterna, pero ni siquiera duradera. ¿Qué importa que tu posteridad hable de ti, si no lo hicieron los que te precedieron, que no fueron menos y fueron ciertamente mejores, teniendo en cuenta sobre todo que incluso ninguno de aquellos que pueden hablar de nosotros puede alcanzar el recuerdo de un año? En efecto, los hombres miden corrientemente el año por el giro solar, es decir, el de un solo astro, pero, en realidad, sólo se puede hablar de año verdaderamente completo cuando todos los astros han vuelto al punto de donde partieron a la vez, y hayan vuelto a componer tras largos intervalos la misma configuración del cielo entero, tiempo en el que no me atrevería a decir cuántos siglos humanos pueden comprenderse, pues como en otro tiempo vieron los hombres que había desaparecido y se había extinguido el Sol al entrar el alma de Rómulo en estos mismos templos en que estarnos, siempre que el Sol se haya eclipsado en el mismo Punto y hora, entonces tened por completo el año, con todas las constelaciones y estrellas colocadas de nuevo en su punto de partida; pero de este año sabed que no ha transcurrido aún la vigésima parte.

Por lo cual, si llegaras a perder la esperanza de volver a este lugar en el que encuentran su plenitud los hombres grandes y eminentes, ¿de qué valdría, después de todo, esa fama humana que apenas puede llenar la mínima parte de un año? Así, si quieres mirar arriba y ver esta sede y mansión eterna, no confíes en lo que dice el vulgo, ni pongas la esperanza de tus acciones en los premios humanos; debe la rflisnia virtud con sus atractivos conducirte a la verdadera gloria. Allá los otros con lo que digan de ti, pues han de hablar; porque todo lo que digan quedará circunscrito también por este pequeño espacio de las regiones que ves, desaparece con la muerte de los hombres y se extingue con el olvido de la posteridad.»

Después de haber hablado de él así, dije yo: «Ahora yo, Africano, puesto que está abierto lo que llamaríamos acceso del Cielo a los beneméritos de la patria, aunque no os hice deshonor siguiendo desde joven las hue-llas de mi padre y tuyas, voy a esforzarme con mucha mayor diligencia a la vista de tan gran premio.» Dijo Africano: «Esfuérzate, y ten por cierto que sólo es mor-tal este cuerpo que tienes, y que no eres tú el que mues-tra esta forma visible, sino que cada uno es lo que es su mente y no la figura que puede señalarse con el de-do. Has de saber que eres un ser divino, puesto que es dios el que existe, piensa, recuerda, actúa providentemente, el que rige, gobierna y mueve ese cuerpo que necesariamente deja de vivir cuando termina aquel movimiento: - así también el alma sempiterna mueve un cuerpo caduco.»

Porque lo que siempre se mueve es eterno, en tanto que lo que transmite a otro el movimiento, siendo él mismo movido desde fuera, necesariamente deja de vivir cuando termina aquel movimiento: sólo lo que se mueve a sí mismo, como no se separa de sí mismo, nun-ca deja tampoco de moverse, y es, además, la fuente de todo lo demás que se mueve, el principio del movimiento; y lo que es principio no tiene origen, pues todo procede del principio y él no puede nacer de otra cosaalguna, pues no sería principio si fuera engendrado por otro; si nunca nace, tampoco puede morir jamás, y si el principio se extingue, no puede renacer de otro, ni podrá crear nada por sí mismo, ya que necesariamente todo procede de un principio. Así, pues, el principio del movimiento lo es porque se mueve a sí mismo, y eso no puede ni nacer ni morir, o sería necesario que el cielo entero se derrumbe y toda la naturaleza se pare, sin poder encontrar principio alguno por el que ser movido.

Siendo evidente así que es eterno lo que se mueve a sí mismo, ¿quién puede negar que esta naturaleza es la atribuida a las almas? Ahora bien: todo lo que es impulsado desde fuera carece de alma, y lo que tiene alma es excitado por un movimiento propio interior. Esta es la naturaleza y esencia del alma, y si es única entre todas las cosas que ella mueve por sí misma, es cierto que no tiene nacimiento y es eterna.

Ejercita tú el alma en lo mejor, y es lo mejor los desvelos por la salvación de la patria, movida y adiestrada por los cuales, el alma volará más velozmente a esta su sede y propia mansión; y lo hará con mayor ligereza, si, encerrada en el cuerpo, se eleva más alto, y, contemplando lo exterior, se abstrae lo más posible del cuerpo. En cambio, las almas de los que se dieron a los placeres corporales haciéndose como servidores de éstos violando el derecho divino y humano por el impulso de los instintos dóciles a los placeres, andarán vagando alrededor de la misma Tierra, cuando se liberen de sus cuerpos, y no podrán regresar a este lugar sino tras muchos siglos de tormento.».

El Africano se marchó, y yo me desperté del sueño.


Marco Tulio Cicerón
De re-publica,  Libro VI (53 a. C.)

Traducción: A. D’Ors,
Biblioteca Clásica Gredos 
Madrid, 1984




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