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CANTONERAS, RAMERAS, RUFIANES Y TASQUEROS (Antonio Envid)




A medida que surgen las ciudades, la prostitución, por motivos higiénicos, sociales y fiscales, es tempranamente regulada. Las ordenanzas medievales sobre su ejercicio se prolongaran largamente hasta el siglo XVII sin apenas cambios notables en lo esencial: mancebías autorizadas en lugares acotados, licencia para ejercer la prostitución a mujeres abandonadas o huérfanas sin arraigo familiar en la sociedad, etc., sin embargo, ayer como hoy, es un esfuerzo inútil poner reglas y límites a este oficio tan antiguo y que precisa de tan pocos medios para practicarlo, de modo que su ejercicio en las “tasqueras”, como se denominaba a las tabernas en germanía[7], fue generalizado en todo tiempo. En las tabernas de la época romana ya hay testimonios de ese comercio.

Que sirvientas y fregonas ofrecían sus servicios carnales a los huéspedes de mesones y ventas era público y notorio, de modo que las maritornes y rameras[8] son personajes habituales de la novela picaresca. En las tabernas esas mismas “fregatrices” y mozas sacarían unas blancas[9] extras con su cuerpo para redondear su mísero salario, cuando no eran explotadas por el propio tabernero. (“Un mozo de servicio, trabajando en una venta, recibe diariamente 15 reales de plata, mientras que una moza, trabajando en un mesón, gana mensualmente 3 reales de plata”, nos informa López Beltrán, Mª T.) Todo un comercio sexual clandestino a despecho de las ordenanzas municipales, que ante las quejas de los explotadores de las mancebías, que pagaban un canon al municipio por la autorización, prohibían, en vano, la apertura de hostales y tabernas cerca de las casa de tolerancia y trataban de regular sus horarios.


Antonio Envid Miñana



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[7] Según Corominas, “tasquera” es la acción de espadar el lino y por similitud del ruido que produce al golpear el lino se comenzó a utilizar “tasquera” como sinónimo de pendencia y riña, evolucionando a “tasca” con la acepción de taberna.

[8] Según Covarrubias prestaban sus servicios en chozas cubiertas de ramas, de donde “se dixeron rameras”. En general se piensa que su nombre proviene del ramo que como distintivo ponían en la puerta de sus casas. También las bodegas colgaban una rama de pino para anunciar el vino nuevo, práctica que todavía se sigue en Mallorca.
[9] Blanca, moneda de poco valor. En tiempos de Felipe II dos blancas equivalían a un maravedí. Por su escaso valor “estar sin blanca” significaba pobreza.


LA AVENTURA EQUINOCCIAL DE LOPE DE AGUIRRE (Ramón J. Sender)



"Miserable soy, pero no mas que otros. Y tenemos nuestra justicia. Yo voy a fundar un reino a mi manera. ¿Es que no tenemos nosotros derecho a conducirnos estúpidamente en lo alto de la pirámide como los que están ahora? ¿Es que yo no tengo el mismo derecho que Pizarro y que La Gasca y Hurtado de Mendoza a ser simple cuando quiera y bellaco cuando me de la gana con una cadena de oro cruzada al pecho que sea devoción y encomienda y gala todo junto?” 


Así hablaba Lope de Aguirre, y golpeándose el pecho con el puño cerrado añadía: “Nosotros. Somos nosotros los que hemos venido a la jornada de Indias. Somos lo mejor de cada familia porque somos los que no van a heredar nada y tienen que buscarse el honor y el ducado a fuerza de ingenio y a punta de espada. Somos honrados, pero ¿para que nos sirve a los que no tenemos tierra para fundar ni rentas con que lucir? Toda mi honradez la pongo debajo de la bota, de esta bota que se afirma malamente en el suelo a causa del arcabuzazo que me dieron en la pierna. Un lujo, la honradez, pero no el mejor, para mi. Tal vez para Pedrarias. No, tampoco para el. Para nadie. Poco haría con su honradez Felipe II si no matara gente. Que ha matado mas cristianos en secreto que diez veces la gente que yo llevo en el real.

"Yo soy yo. Yo soy vosotros. Yo soy todos los demás y yo soy el único entero y joven o viejo, rico o pobre, lisiado o sano, a quien vais a escuchar, a quien vais a obedecer y a soñar. ¡Me estáis soñando ya vuesas mercedes los amigos de don Hernando, hijos de la gran put a! Yo no tenía interés en venir a la vida, pero he venido, y mucho cuidado, chapetones de Castilla, que los cojos de las provincias vascongadas os andamos a los alcances. Me alegro de haber venido a este Amazonas, donde parece que todo lo que vemos y lo que oímos es sólo el fondo de un milagro, el milagro que tengo que hacer yo solo. Lo que he valido yo lo sabía, pero ahora lo van a saber vuesas mercedes, marañones. Si no fuera por esta jornada del Amazonas, nunca se me habría presentado la ocasión, y van vuesas mercedes a ver lo que un hombre como yo hace cuando le llega la ocasión, cuando ya no viven La Bandera ni Zalduendo ni otros que trataban de torcerme el camino. Mi camino.”


Ramón J. Sender
La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, 1964



VOLVER A RAMON. J. SENDER

DE DONDE DERIVA EL NOMBRE DE AMSTERDAN Y OTRAS LINDECES (José Penso de la Vega)


Portada de Confusión de confusiones
en la edición de Lecturas hispánicas
anotada por Antonio Envid Miñana


MERCADER: El lugar y el modo con que se forman estas ruedas y se ajustan estas partidas, quisiera saber, sino sirviera á nuestro amigo de fatiga para que ya que aprendimos la origen, el inventor, y el enredo, no ignorássemos el modo del combate y el lugar del desafio. 


ACCIONISTA: Es tan continuo y incessable el negocio que apenas hay lugar fixo que pueda intitularse su palestra; sin embargo, son el Damo y la Bolsa los que mas se frequentan, empeçándosse á luchar en el Damo desde las diez hasta las doze y en la Bolsa desde las doze hasta las dos. 

Es el Damo una plaça que tiene el Palacio (á que llaman Casa de la Villa) por frontispicio, y llámanle los Flamencos Dam que significa en su lengua Un terrapleno que se haze contra el ímpetu del agua por haverse hecho en esta plaça uno destos terraplenos para defença del Amstel que es el rio de que toma esta ciudad de Amsterdam el nombre, corrumpido de Amstel-Dam en Amsterdam. 

Aqui empieça las mañanas el juego que dura hasta que se cierra la Bolsa á medio dia, donde acuden todos en chusma, por no pagar lo que se suele, despues de estar cerrada; y vá prosiguiendo en ella la batalla, sin que se suspendan las armas en los mayores cansancios, ni se propongan las treguas en los mayores ahogos. 

Es la Bolsa una plaçuela circundada de pilares (aunque si hay algunos de los que se arriman á estas colunas que son como la del fuego por lo que luzen, no faltan otros que sean como la de nube por lo que recatan la necessidad y encubren el estado) y llámasse Bolsa, o ya por encerrarse los mercaderes en ella como en una bolsa, o ya por las diligencias que haze cada uno por llenar la suya en ella, tomando el nombre de las causas, á imitacion de las tres mas decantadas Academias de la Grecia que unas lograron el nombre por el author, otras por el lugar, y muchas por los efectos*


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(*) Como nos ilustra el autor, curiosamente la Bolsa se celebraba al aire libre. Después de haberse contentado durante unos diez años con un pequeño edificio provisional de madera en el centro del "Dam", la Bolsa se instalo en septiembre de 1845 en el edificio llamado la "Bolsa de las Columnas”.




de José Penso de la Vega
con anotaciones de Antonio Envid

EL MUSEO DEL PRADO EN LLAMAS (Mariano de Cavia)

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LA CATÁSTROFE DE ANOCHE

ESPAÑA ESTÁ DE LUTO

INCENDIO EN EL MUSEO DE PINTURAS

LAS PRIMERAS NOTICIAS


¡Noche, lóbrega noche!, podríamos decir con don Juan Nicasio Gallego,  si la ocasión no fuera harto inoportuna para andarnos con floreos retóricos y si la idea de la lobreguez pudiera asociarse a la de la espantosa hoguera que en estos momentos tiene estremecido y atribulado a todo Madrid.
 
A las dos de la madrugada, cuando ya no nos faltaba para cerrar la primera edición más que las noticias de última hora que suelen recogerse en las oficinas de Gobierno Civil, nos telefonean desde este centro oficial las siguientes palabras, siniestras y aterradoras:



-El Museo de Prado está ardiendo. ¡Ardiendo el Museo del Prado!...

En aquel mismo instante daban comienzo las campanas de las parroquias a sus tétricos toques. Nos echamos a la calle, y al llegar a la Puerta del Sol advertimos desusado movimiento de gentes. De los cafés, de los círculos, de los casinos, salían en revuelto tropel los trasnochadores, y el vocerío era tal, que apenas había ventana ni balcón donde no se asomarán los pacíficos vecinos, turbado el sueño por el estruendo de la calle.

-¡Qué desdicha! ¡Qué catástrofe! ¡Pobre España!... ¡Perdemos lo único que aquí tenemos presentable!...

Así hablaban las gentes, y corrían desoladas hacia el Prado, ávidas de ver para creer en tamaña desgracia, deseosos de que la realidad estuviese muy por debajo del temor. Por desgracia, los resplandores del incendio, iluminando intensamente los nubarrones apiñados sobre Madrid, parecían decir:

-¡Rechazar toda esperanza!

Un grito de angustia, seguido de violentas imprecaciones, de palabras de lástima y aún de blasfemias, se escapaba de todos los labios cuando los curiosos llegaban al Prado, y veían al monumental edificio trazado por don Ventura Rodríguez, coronado de llamas, lanzando columnas de humo hacia las nubes, y de cuando en cuando haces de chispas que semejaban luminosos residuos del espíritu de Velázquez, Murillo, Rafael, Rubens, Tiziano, Goya… No: No ardía sólo el ala de Poniente, ni el ala de Levante, ni el centro del edificio. Lo que ardía era el Museo todo, el Museo Entero, el Museo por los cuatro costados.

-Europa entera –oímos decir a un espectador- dirá mañana que España ha perdido uno de los pocos florones que quedaban en su corona. Esto es como una desmembración de la patria. Algunas personas lloraban… Otras se precipitaban hacia el edificio, siguiendo a los soldados que llegaban de los próximos carteles de los Docks. Por la puerta central salían algunos hombres arrastrando lienzos –tal vez los de menos valor, los menos interesantes- que habían logrado arrancar de los marcos, cortándolos con cuchillos y navajas. Las bombas funcionaban con dificultad que llamaríamos extraordinaria, si no fuese eso lo ordinario en semejante servicio. Ni ¿de qué podían servir unas cuantas mangas ante las proporciones del siniestro? Los chorros de agua que se lanzaban hacia el museo desde la explanada de los Jerónimos más parecían avivar la hoguera que extinguirla.

La premura del tiempo y lo angustioso de las circunstancias nos impide entrar ahora en pormenores acerca del Museo de Pinturas, ni en la descripción de sus espléndidas salas, ni en la reseña de sus riquísimos tesoros. Tiempo nos quedará para recordar a la patria lo que a estas horas está perdiendo, como lo pierden la Humanidad y el Arte, por culpa de la imprevisión oficial. Si la maldita y sempiterna imprevisión de nuestros gobiernos, ha sido el origen de esta grandísima catástrofe. Parece ser que el fuego se inició en uno de los desvanes del edificio, ocupados, como es sabido, a ciencia y paciencia de quien debiera evitarlo por un enjambre de empleados y dependientes de la casa. Allí se guisaba, allí se encendía fuego para toda clase de menesteres caseros, allí se olvidaba que una sola chispa podía bastar para la destrucción de riquezas incalculables… los suelos y la techumbre eran, por otra parte, inmejorables agentes para el elemento destructor, gracias a la endeblez y combustibilidad de sus tablones y cañizos, poco menos que desnudos. Un brasero mal apagado, un fogón mal extinguido, un caldo que hacer a media noche, una colilla indiscreta… ¡y adiós, Pasmo de Sicilia! ¡Adiós Sacra Familia del Pajarito! ¡Adiós testamento de Isabel la Católica! ¡Adiós Vírgenes y Cristos, Apolos y Venus, héroes y borrachos, reyes y bufones, diosas de Tiziano y anacoretas de Ribera, visiones de Fra Angélico y desahogos de Teniers!

Inmensa debiera ser la responsabilidad para los que no han querido cortar abusos a tiempo y conjurar peligros oportunamente: pero ¿qué es en España la responsabilidad? Una palabra hueca.

Ultima hora

Con lágrimas en los ojos, cerramos apresuradamente esta edición, reproduciendo la siguiente carta que nos envían desde el siniestro: “Amigo y director: Creo que, para ser ésta la primera vez que ejerzo como reportero, no lo hago del todo mal. Ahí va, en brevísimo extracto, la reseña de los tristes sucesos… que pueden ocurrir aquí el día menos pensado. Tuyo, Mariano de Cavia.”


 
 
Mariano de Cavia
El Liberal
25 noviembre 1891

LÉXICO TAURINO: "TANTARANTÁN" (José Carlos de Torres)

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TANTARANTÁN. «…se le pone el Álvarez por delante y con el aire que hizo al embestir el capote, le pegó un tantarantán que conmocionao se lo llevaron al Ayuntamiento…»(Fábula, p. 74). Academia: «2. Fig. y fam. Golpe violento dado a uno». Es una extensión a lo taurino de la lexia coloquial.




José Carlos de Torres
Léxico Español de Los Toros:
Contribución a Su Estudio
CSIC. 1989
3. Léxico de la lidia y el toreo
relacionado con el toro bravo
3.1. Léxico de la lidia
3.1.3. Resultados de la arrancada
Página 119





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LÉXICO TAURINO: "LAS PIERNAS" (José Carlos de Torres)

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PIERNAS. «Salvador… marchó al terreno para habérselas con un toro ladrón que no acudía al engaño y se había reservado las piernas (J. Santa Coloma: Fiestas reales). Poder, resistencia y ligereza de las extremidades en el toro, ya en el torero» (Cossío). Sinónimo de patas y pies. [1878]. Se usa en plural. Jerga. Veamos ahora las frases técnicas de las fuentes del XIX: PIERNAS DE  LOS TOROS: Se usa esta expresión para denotar si pueden o no mucho; y así, cuando se dice tiene muchas  piernas: es porque está con agilidad y poderío, y como no todos los toros las tienen iguales, se dice: toro de  unas piernas regulares; toro de pocas piernas; ya ha  perdido las piernas; todavía las conserva, etc; (P. H., Alf. 54; C. L. M., 16-IX-1831, 3; S. N., 79, ll, 452). [1796]. VOLVERSE LAS PIERNAS O REVOLVERSE: «Se dice así cuando el toro, aunque no parta muy precipitado, se sostiene y vuelve sobre ellas apenas pierde el engaño, o se va con él› (P. H., Alf. 54; C. L. M., 16-IX-31, 3; S. N., 79, ll, 452 [resolverse] [1796]. CONSERVAR LAS  PIERNAS: «Cuando pasado el primer estado está ágil» (Vázquez, 48) (1880). PERDER LAS PIERNAS: El toro que está pesado en alguno de los estados que tiene. (Vázquez, 48). REVOLVERSE EL TORO SOBRE LAS PIERNAS: (Vázquez, 48). Ver más arriba, [I880]. QUITAR LAS PIERNAS AL TORO: «Es quebrantarle sus fuerzas, haciéndole perder su agilidad a fuerza de recortes u otras suertes de capa» (Vázquez. p. 48). [1880].


José Carlos de Torres
Léxico Español de Los Toros:
Contribución a su estudio
CSIC. 1989
3.1.10. Léxico relacionado con el comportamiento
del toro ante el castigo sufrido

3.1.11.3. Con las extremidades
Página 138





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AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE (Francisco de Quevedo)

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 Para Dámaso Alonso, "seguramente el mejor soneto de Quevedo, probablemente el mejor de la literatura española" (Poesía española, Madrid, 1950)



Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.




Francisco de Quevedo


HISTORIA GENERAL Y NATURAL DE LAS INDIAS (Gonzalo Fernández de Oviedo)

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Capítulo VII

De cierta manera de lirios que hay en la Tierra Firme, e de sus extremadas flores de nueva forma.

Hay en Castilla del Oro* en muchas partes, y señaladamente en el puerto del Nombre de Dios, en la misma playa, junto a la mar, gran cantidad de lirios blancos con una manera de flor extremada e cosa muy de ver, como aquí está debujada. Nascen espesísimos por toda aquella playa, e parescen espadañas, excepto que el verdor de aquellas hojas es más claro que el de las espadañas de Castilla. E echan en el medio un tallo o varilla de tres palmas de alto, poco más o menos, y en el medio hace una manera de ñudo, de que salen tres o cuatro hojas cortas e de la fación de las del asiento, e de allí salen tres o cuatro e cinco tallos que es cada uno una rosa, e de la mitad del tallo arriba, cada uno dellos se va emblanquesciendo, e la manera e blancor es como de propria azucena, e aquellas seis hojas que penden, son de la mesma manera e tez. E de entre esas seis hojas sale una flor blanca, e más delgada la materia, e sube, como aquí está figurada (Lám. 4.ª, fig. 6.ª) e hace seis puntas, e de la mitad dellas salen seis lomicos, e en el extremo de cada uno, tiene atravesados unos trocitos o palillos amarillos, e de la mitad de la misma rosa, entre aquellos seis astilicos, sale otro vastaguito o astilejo verde, con una cabecita redonda. En fin es muy extremada flor, e huele muy bien, e de la manera e no con menos suavidad que las azucenas de Castilla. Los cristianos las llaman cebollas albarranas, porque abajo, en el nascimiento debajo de la tierra, todo aquel golpe de hojas verdes que parescen espadañas o lirios, salen de una cebolla blanca; pero es error, que no son cebollas albarranas, ni son ponzoñosas, sino lirios blancos, como he dicho. Muchas veces las vacas e otros ganados comen estas hojas; pero no los matan ni hacen mal, salvo que queman, segund lo hacen las hojas de los lirios, e desta causa, aunque las vacas e otros animales coman algunas hojas déstas, dejan de comer por el ardor; pero no mueren ni les hacen otro daño.



Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés
Primera Parte,  Libro XI  
de Historia general y natural de las Indias (1535)



 
* Panamá

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Ver las diversas ediciones
digitalizadas en
Biblioteca Nacional de España
(Biblioteca Digital Hispánica)
pinchando aquí

También, la primera parte completa en
Early Modern Spain
Recharch at King's College London
Y la segunda parte (Libro 35)

Edición facsimil
en Biblioteca Virtual Miguel Cervantes



 

DESCRIBIR, NOMBRAR Y DOMESTICAR LA NATURALEZA DESCONOCIDA (Mauricio Nieto)

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El encuentro de los europeos con la incógnita naturaleza americana implicó nuevos retos para la Historia Natural. Los naturalistas del siglo XVI debieron nombrar y describir lo desconocido, poner en un lenguaje familiar el extraño mundo natural. Descripciones detalladas haciendo uso de referentes domésticos, el uso de nombres cristianos y familiares y la elaboración de imágenes fueron las estrategias principales en la tarea de domar lo salvaje.

La piña, nunca antes vista o probada por un europeo, llegará por primera vez a Europa en palabras y dibujos. Gonzalo Fernández de Oviedo recurre a referentes familiares —como la forma de los frutos del pino, la apariencia de la alcachofa y el sabor del melocotón— para dar una idea del extraordinario descubrimiento.
“El cual nombre de piñas le pusieron los cristianos, porque lo parescen en alguna manera, puesto que éstas son más hermosas e no tienen aquella robustocidad de las piñas de piñones de Castilla; porque aquellas son de madera o cuasi, y estas otras se cortan a cuchillo, como un melón, o tajadas redondas mejor, quitándoles primero aquella cáscara, que está a manera de unas escamas relevadas que las hacen parecer piñas. Pero no se abren ni dividen por aquellas junturas de las escamas, como las de los piñones”1.

“Y aún en mi parecer, más propio nombre sería decirla alcarchofa, habiendo respecto al cardo e espinos en que nasce, aunque parece más piña que alcarchofa. Verdad que no se parte totaliter de ser alcarchofa”.

“su sabor más puntual, (…) es al melocotón e huele, juntamente, como durazno e membrillo; mas ese sabor tiene la piña mezclando con una mixtion de moscatel, e por lo tanto, es de mejor sabor que los melocotones” 2.
La movilización trasatlántica de la geografía, la flora y la fauna americana presentaba obvias dificultades. El territorio, los continentes, las islas y sus riquezas naturales no pueden transportarse y almacenarse en las ciudades europeas. El oro y la plata fueron más fáciles de movilizar que las plantas y los animales, de manera que la posesión y el control de los seres vivos requieren de formas móviles de representación. Refiriéndose a la piña Oviedo escribe:
“Algunas se han llevado a España e muy pocas llegan allá. E ya que lleguen no pueden ser perfectas ni buenas, porque las han de cortar verdes e sazonarse en la mar, y desa forma pierden el crédito”.

“Yo las he probado a llevar, e por no se haber acertado la navegación, e tardar muchos días, se me perdieron e pudrieron todas e probé a llevar los cogollos e también se perdieron”3.
Las palabras y el talento literario de Oviedo no son suficientes:
“… los ojos son mucha parte de la información destas cosas, e ya que las mismas no se pueden ver ni palpar, mucha ayuda es a la pluma la imagen dellas” 4.
La descripción de Oviedo de animales americanos desconocidos para los europeos como el armadillo (encubertado) o la zarigüeya (churcha) o de frutas como la piña, recurre a la analogía para crear vínculos con lo salvaje.

Para describir al armadillo, Fernández de Oviedo comienza por señalar su extrañeza y novedad:
“Los encubertados son animales mucho de ver, y muy extraños a la vista de los cristianos, y muy diferentes de todos los que se han dicho o visto en España ni en otras partes”.

Paso seguido Oviedo recurre a referentes familiares que permiten deshacer el asombro y la desconfianza que produce una criatura extraña:
“Estos animales son de cuatro pies, y la cola y todo él es de tez, la piel como cobertura o pellejo de lagarto, pero es entre blanco y pardo, tirando más a la color blanca, y es de la facción y hechura ni más ni menos que un caballo encubertado (con armadura para el combate), con sus costaneras y coplón, y en todo por todo, y por debajo de lo que muestran las costaneras y cubiertas, sale la cola, y los brazos en su lugar, y el cuello y las orejas por su parte. Finalmente, es de la misma manera que un corsier con bardas (Arnés que se ponía antiguamente al caballo para su defensa en la guerra); e es del tamaño de un perrillo o gozque de estos comunes, y no hace mal, y es cobarde, y hacen su habitación en torronteras, y cavando con las manos ahondan sus cuevas y madrigueras de la forma que los conejos las suelen hacer. Son excelente manjar, y tómanlos con redes, y algunos matan ballesteros, y las más veces se toman cuando se queman los campos para sembrar o por renovar los herbajes para las vacas y ganados; yo los he comido algunas veces, y son mejores que cabritos en el sabor, y es manjar sano. No podría dejar de sospecharse si aqueste animal se hubiera visto donde los primeros caballos encubertados hubieron origen, sino que de la vista de estos animales se había aprendido la forma de las cubiertas para los caballos”5.
Mauricio Nieto




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1. Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia general y natural de las Indias, Madrid, Biblioteca de Autores Españoles, Ediciones Atlas, 1959.
2. Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia general…
3. Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia general…
4. Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia general…
5. Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia general…


PARA LEVANTARSE POR LA MAÑANA (John Minsheu)

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Diálogo primero, para levantarse por la mañana y las cosas a ello pertenecientes entre un hidalgo llamado don Pedro y su criado Alonso, y un su amigo llamado don Juan, y una ama



DON PEDRO.— ¿Oyes, mozo?

ALONSO.— ¿Señor?

DON PEDRO.— ¿Qué hora es?

ALONSO.— Las cinco son dadas.

DON PEDRO.— Levántate y abre aquella ventana, a ver si es de día.

ALONSO.— Aún no es bien amanecido.

DON PEDRO.— Pues ¡asno! ¿Cómo dixiste que ha dado las cinco?

ALONSO.— Señor: las cinco yo las conté, pero el relox y la mañana no andan a una.

DON PEDRO.— O tú mientes o el relox miente; que el sol no puede mentir.

ALONSO.— Más vale que miento yo que no el año.

DON PEDRO.— ¿Qué día hace?

ALONSO.— Señor: nublado.

DON PEDRO.— En los ojos debes tú de tener las nubes, que el cielo yo le veo claro.

ALONSO.— Pues no estoy ciego.

DON PEDRO.— Antes creo que estás durmiendo todavía.

ALONSO.— Sé que no soy elefante que tengo de dormirme en pie.

DON PEDRO.— ¿Hace frío?

ALONSO.— Un cerceganillo entra por la ventana que corta las narices.

DON PEDRO.— Dame de vestir, que me quiero levantar.

ALONSO.— ¿A qué, tan de mañana?

DON PEDRO.— A negociar, que tengo mucho que hacer hoy.

ALONSO.— Aún no estará nadie en pie.

DON PEDRO.— Tú adevinas a tu provecho.

ALONSO.— ¿Qué vestido se quiere poner vuestra merced?

DON PEDRO.— El de velarte, que dicen que es honra y provecho.

ALONSO.— ¿Qué jubón?

DON PEDRO.— El de raso pespuntado.

ALONSO.— Hele aquí.

DON PEDRO.— * ¡Majadero!, pues el jubón me tra-/es
antes que la camisa, ¿quiéresme motejar de azotado?

ALONSO.— Aún no ha traído las camizas la lavandera.

DON PEDRO.— Pues, hideputa, ¡id por ellas!

ALONSO.— * Al ruin de Roma, cuando le nombran, luego asoma; aquí viene ya la lavandera.

DON PEDRO.— ¿Está enxuta?

ALONSO.— Como un cuerno.

DON PEDRO.— ¿No os he dicho que no me traigáis esas comparaciones?

ALONSO.— * Eso fuera si fuera vuestra merced persona sospechosa; que no se ha de mentar la soga en casa del ahorcado.

DON PEDRO.— Dame las calzas de terciopelo acuchilladas.

ALONSO.— Aquí están, señor.

DON PEDRO.— ¿Están limpias? Mira bien si tienen algún punto suelto las medias.

ALONSO.— Esa es una de las tres cosas que Ganasa decía que el hombre busca con gran cuidado y, cuando las ha hallado, le pesa.

DON PEDRO.— ¿Y cuáles son las demás?
 

ALONSO.— Una suciedad en la cama y los cuernos, si su mujer se los pone; pero estas sanas están.

DON PEDRO.— Cálzamelas. Dame el sayo de velarte, quel de raxa es muy delgado para este frío que hace.

ALONSO.— ¿Quiere vuestra merced ponerse borceguíes?

DON PEDRO.— No, sino zapatos y pantuflos por amor del lodo. Dame primero aguamanos.

ALONSO.— Señor: el agua está helada en el jarro.

DON PEDRO.— ¡Buena señal!

ALONSO.— ¿De qué, señor?

DON PEDRO.— De carámbanos.

ALONSO.— Y aun de que hace frío.

DON PEDRO.— Derrítelo en el brasero. Dame entre tanto el espejo y unas tixeras, que quiero aderezarme la barba.

ALONSO.— Aquí está el estuche donde está todo, y también el peine.

DON PEDRO.— ¡Oh, qué de canas tengo! Ya me voy 
parando viejo.

ALONSO.— Señor: las navidades no se van en balde.

DON PEDRO.— Por cierto no tengo muchas; sino, * como dicen en mi tierra, «canas y cuernos no vienen por días».

ALONSO.— Ya está buena esta agua. Bien se puede vuestra merced lavar.

DON PEDRO.— Pues dacá la fuente y la toalla.

ALONSO.— ¿Quiere vuestra merced llevar capa y gorra, o herreruelo y sombrero?

DON PEDRO.— No es ahora tiempo de gorra; dame el ferreruelo largo y un sombrero de fieltro.

ALONSO.— ¿Qué espada? ¿Dorada, plateada o pavonada?

DON PEDRO.— No la quiero sino embarnizada, por si lloviere. Mira quién llama a la puerta.

ALONSO.— El señor don Juan es.

DON PEDRO.— Corre, abre presto.

DON JUAN.— Muy buenos días dé Dios a vuestra merced, señor don Pedro.

DON PEDRO.— Oh, señor don Juan, vuestra merced sea tan bienvenido como los buenos años. ¿Cómo está vuestra merced?

DON JUAN.— Muy al servicio de vuestra merced. ¿Vuestra merced está bueno?

DON PEDRO.—Al servicio de vuestra merced como estuviere, aunque algo achacoso.

DON JUAN.— Pues ¿por qué madruga tanto, si no anda bueno?

DON PEDRO.— Porque dicen los médicos que para la salud es bueno levantar de mañana.

DON JUAN.— Esa salud téngansela ellos, que para mí estos son los días que debemos meter en casa, como dice el refrán; o que los tengamos en la cama, dixera mejor.

DON PEDRO.— Para decir la verdad, yo más lo hago por entender en mis negocios.

DON JUAN.— ¿Cómo le va a vuestra merced dellos?

DON PEDRO.— Señor: al servicio de vuestra merced; mal, bendito sea Dios.

DON JUAN.— ¿Cómo ansí? ¿No despachan a vuestra merced?

DON PEDRO.— Sí, señor. Despéchanme. Muchacho: tráenos de almorzar antes que salgamos.
 
 
DON JUAN.— Ya yo he bebido una vez.

DON PEDRO.— Beberá vuestra merced otra, que no le hará mal.

DON JUAN.— * No, que no soy tan delicado como judío en viernes.

ALONSO.— ¿Qué quieren vuestras mercedes almorzar?

DON PEDRO.— Trae unos pasteles y un cuartillo de cabrito asado.

DON JUAN.— ¡Qué bien aderezado tiene vuestra merced este aposento, señor don Pedro!

DON PEDRO.— Señor: razonable como para un hidalgo pobre.

DON JUAN.— ¿De dónde hubo vuestra merced esta tapicería?

DON PEDRO.— Señor: de Flandes vino.

DON JUAN.— ¿También deben de ser de allá los lienzos o pinturas o retratos?

DON PEDRO.— Algunos dellos; otros son de Italia.

DON JUAN.— De gentil mano son, por cierto. ¿Cuánto le costó a vuestra merced este escritorio?

DON PEDRO.— Más que vale: cuarenta ducados.

DON JUAN.— ¿De qué madera es?

DON PEDRO.— La colorada es caoba de La Habana y esta negra es ébano. La blanca es marfil.

DON JUAN.— Cierto que está muy curioso, y muy bien asentada la taracea.

DON PEDRO.— Aquí verá vuestra merced un bufete mejor labrado.

DON JUAN.— ¿Adónde fue hecho?

DON PEDRO.— Él y las sillas vinieron de Salamanca.

DON JUAN.— Lo mejor le falta a vuestra merced en este aposento.

DON PEDRO.— ¿Qué es, por vida del señor don Juan?

DON JUAN.— Por lo que decía don Juan Manuel, un sonecito de chapín.

DON PEDRO.— Ya entiendo. Por la mujer lo dice vuestra merced.

DON JUAN.— Por la misma.

DON PEDRO.— A mí me parece que lo mejor que tiene es estar sin ella.

DON JUAN.— * ¡Oh, señor! No diga vuestra merced eso, que es triste cosa la soledad.

DON PEDRO.— * Aténgome al que dice que vale más solo que mal acompañado.
 
 

DON JUAN.— Pues no se entiende que ha de ser mala.

DON PEDRO.— ¿Y adónde le hallaremos que sea buena?

DON JUAN.— Muchas hay muy buenas.

DON PEDRO.— Es verdad: las que están enterradas.

DON JUAN.— De suerte que quiere vuestra merced decir que la mujer, estonces es buena cuando está muerta.

DON PEDRO.— Digo, señor, que cada loco con su tema. Yo he dado ahora en esta.

DON JUAN.— * Y se saldrá vuestra merced con ella, como el rey con sus alcabalas.

DON PEDRO.— * Se dice que una buena mula y una buena cabra y una buena mujer son tres malas cucas.

ALONSO.— La mesa está puesta. Bien se pueden sentar vuestras mercedes a almorzar.

DON PEDRO.— Señor don Juan: tome vuestra merced aquella cabecera.

DON JUAN.— Bueno sería. Eso es por motejarme de viejo.

DON PEDRO.— No, sino por cumplir con la razón.

DON JUAN.— Vuestra merced tome su lugar, que yo tomaré el mío.

DON PEDRO.— Bueno es que venga a mi casa quien mande en ella más que yo.

DON JUAN.— Oh, si por ahí lo echa vuestra merced, yo obedesco en su casa y fuera.

DON PEDRO.— Yo soy el que tengo de servir como la razón me obliga. Muchacho: dacá platos.

ALONSO.— Aquí están, señor.

DON PEDRO.— ¿De adónde truxiste estos pasteles?

ALONSO.— De la más limpia pastelera que hay en la ciudad.

DON PEDRO.— ¿Son de nuestra vecina, la hermosa?

ALONSO.— Sí, señor.

DON PEDRO.— Bien los puede vuestra merced comer sin asco, que de mujer limpia son.

DON JUAN.— Mas que nunca lo fueran, nunca yo miro en miserias.

DON PEDRO.— Pues menos mirara si fuera tan amigo de ellos como yo.

DON JUAN.— Muy bien me saben. Y lo mejor que yo les hallo es ser comida
tan acorrida que a cualquier hora que el hombre la quiera la halla guisada.

DON PEDRO.— Muchacho: danos de beber, que pica la pimienta.

ALONSO.— ¿Qué quiere vuestra merced: blanco o tinto?

DON PEDRO.— Echa de lo blanco, que es más caliente para por la mañana.

DON JUAN.— Y aun es más saludable que lo tinto.

DON PEDRO.— Brindo a vuestra merced, señor don Juan.

DON JUAN.— Beso a vuestra merced las manos; haré la razón.

ALONSO.— ¿Por cuál taza quiere vuestra merced beber: por la llana o por esta hondilla?

DON JUAN.— Alonso, amigo: habéis de saber que yo soy muy buen borracho, y sé muy bien lo que me bebo. Por eso, echadme por aquella taza llana.

DON PEDRO.— Yo gusto más de beber por esta copa de vidrio que no por ninguna de las tazas.

DON JUAN.— * Señor: contra gustos no hay disputa.

DON PEDRO.— Ansí es verdad: con esta pierna de cabrito beberá vuestra merced otra vez. Y trae unas aceitunas para la tercera.

DON JUAN.— Esa ya se llamará comida, y no almuerzo.

DON PEDRO.— ¿Por qué?

DON JUAN.— Porque dicen: «A buen comer o mal comer, tres veces se ha de beber».

DON PEDRO.— Ahí dice nuestra madre Celestina * que está corrupta la letra: que por decir «trece» dixo «tres».

DON JUAN.— Ahora, señor, bien está lo hecho; no más, que perderemos la gana de el comer.

DON PEDRO.— Dennos a beber otras sendas de la calabriada.

DON JUAN.— ¿Adónde iremos?

DON PEDRO.— Lo primero, a la iglesia y encomendarnos a Dios.

DON JUAN.— * Está muy bien; que por ir a la iglesia, ni dar cebada, no se pierde jornada.
 
 
DON PEDRO.— Cierra aquel cofre; pon en cobro esas baratijas; llama al ama, que barra y componga este aposento.

ALONSO.— ¿Tengo de ir acompañando a vuestra merced?

DON PEDRO.— No, sino quédate en casa, ayuda al ama y limpia todos mis vestidos y ponedla en orden; y, a las once, llévame el caballo a palacio.

ALONSO.— Está muy bien, señor. Yo lo haré ansí.

DON PEDRO.— * Este mi criado, señor don Juan, es como malilla; que hago de él lo que quiero.

DON JUAN.— Y aun anda vuestra merced en lo cierto para ser bien servido; que, cuando hombre tiene muchos criados, unos por otros nunca hacen cosa a derechas.

DON PEDRO.— Él me sirve de mayordomo, de repostero, de maestresala, de guardarropa, de paje y de lacayo; y, a veces, de despensero.

DON JUAN.— Él parece buen hijo.

DON PEDRO.— Bueno, señor, es tan bueno que, a ser más, no valiera nada. Sola una falta tiene.

DON JUAN.— ¿Cuál es?

DON PEDRO.— * Que es grandísimo enemigo de el agua.

DON JUAN.— Eso harálo por el bien que le sabe el vino; pero esa no se puede llamar falta, sino sobra.

DON PEDRO.— ¡Muchacho: cierra la puerta con la * llave!; que a puerta cerrada el diablo se vuelve.

ALONSO.— Ama: traiga un caldero de agua y una escoba. Regaremos y barreremos este aposento.

AMA.— Toma primero esta ropa blanca que traxo la lavandera.

ALONSO.— Aguarde: sacaré la memoria para ver si falta algo.

AMA.— ¿Adónde la tienes?

ALONSO.— Aquí está, en mi faltriquera.

AMA.— Léela, pues.

ALONSO.— «Memoria de la ropa de mi amo que llevó la lavandera en diez de marzo de 1599. Primeramente, cuatro camisas con sus cuellos
de lechuguilla».

AMA.— Aquí están.

ALONSO.— «Dos sábanas, dos almohadas de cama, dos pares de calzones de lienzo, tres de calcetas».

AMA.— Aquí están.

ALONSO.— «Una docena de pares de escarpines».

AMA.— No hay aquí más que ocho.

ALONSO.— Pues cuatro faltan. A la lavandera pedirle he que dé cuenta dellos; y si ella los perdió, que los pague.

AMA.— Anda: ¿qué valen cuatro escarpines viejos y rotos?

ALONSO.— «Íten más: dos escofietas y cuatro tocadores; media docena de pañizuelos de narices».

AMA.— Aquí está todo.

ALONSO.— «Dos mesas de manteles y diez servilletas».

AMA.— Aquí están.

ALONSO.— «Tres toallas y un frutero, y dos cuellos de encaje con sus puños».

AMA.— Todo está aquí, que nada falta.

ALONSO.— Pues doblémoslo y pongámoslo en el arca.

AMA.— Como me llamáis para que os ayude a esto, ¿no me llamárades para que os ayudara al almuerzo?

ALONSO.— Allí tengo guardados unos escamochos que sobraran a mi amo.

AMA.— Quiero primero barrer esta sala y aderezarla.

ALONSO.— Entre tanto, limpiaré yo la ropa. ¿Sabe de la escobilla?

AMA.— Vesla allí colgada de aquel clavo; que, si fuera perro, ya te hubiera mordido.

ALONSO.— ¡Oh, cuánto polvo tiene esta capa!

AMA.— Sacúdela primero con una vara.

ALONSO.— Ama: más que bien hechos están estos calzones.

AMA.— Tan bien entiendo yo de eso como puerca de freno.

ALONSO.— Pues, ¿qué entiende?

AMA.— A lo que a mí me importa: si tú
preguntaras por una basquiña, una saya entera, una ropa, un manto, o un cuerpo, una gorguera, de una toca y cosas semejantes, supiérate yo responder.

ALONSO.— De manera que no sabe leer más de por el libro de su aldea.

AMA.— ¿Quieres tú que sea yo como el invidioso, que su cuidado es en lo que no le va ni le viene?

ALONSO.— Siempre es virtud saber, aunque sean cosas que parece que no nos importan.

AMA.— Bien sé yo que tú sabrás hacer una bellaquería; y esta no es virtud.

ALONSO.— El saberla hacer no es malo; el usarla, sí.

AMA.— * Siempre oí decir que quien las sabe, las tañe.

ALONSO.— * No, sino que quien ha las hechas, ha las sospechas.

AMA.— Pues, bellaco: ¿qué he hecho yo?

ALONSO.— No más de hacerme regañar algunas veces.

AMA.— No me des tú ocasión.

ALONSO.— Estonces, muchas mercedes; cuando le doy ocasión es menester que me perdone, que, cuando no se la doy, poca amistad me hace.

AMA.— Ahora, hermano, déxate de retóricas y has lo que tu amo te mandó.

ALONSO.— Sí haré, aunque bien creo que no por eso me tengo de asentar con él a la mesa.

AMA.— A lo menos escusarás de que él no te asiente en el rabo.

ALONSO.— Yo voy a ensillar el caballo. Adiós, paredes; hasta la vuelta.
 


John Minsheu
Pleasant and Delightfull Dialogues
-Diálogos muy apacibles-, 1599


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GRANDEZA MEXICANA (Bernardo de Balbuena)

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De la famosa México el asiento
Oh tú, heroica beldad, saber profundo,
que por milagro puesta a los mortales
en todo fuiste la última del inundo;


criada en los desiertos arenales,
sobre que el mar del Sur resaca y quiebra
nácar lustroso y perlas orientales; 


do haciendo a tu valor notoria quiebra,
el tiempo fue tragando con su llama
tu rico estambre y su preciosa hebra;


de un tronco ilustre generosa rama,
sujeto digno de que el mundo sea
coluna eterna a tu renombre y fama: 


oye un rato, señora, a quien desea
aficionarte a la ciudad más rica,
que el mundo goza en cuanto el sol rodea.


Y si mi pluma a este furor se aplica,
y deja tu alabanza, es que se siente
corta a tal vuelo, a tal grandeza chica.


¿Qué Atlal ic e habrá, qué Alcides que sustente
peso de ciclo, y baste a tan gran carga,
si tú no das la fuerza suficiente?


Dejo tu gran nobleza, que se alarga
a nacer de principio tan incierto,
que no es la escura antigüedad más larga.


De Tobar y Guzmán hecho un injerto
al Sandoval, que hoy sirve de coluna
al gran peso del mundo y su concierto.


Dejo tu discreción, con quien ninguna
corrió parejas en el siglo nuestro,
siendo en grandezas mil, y en saber una;


que aunque en otros sujetos lo que muestro
aquí por sombras, fueran resplandores
de un nombre ilustre en el pincel más diestro,


en ti es lo menos que hay, y los menores
rayos de claridad con que hermoseas
la tierra, tu altivez y sus primores.


Y así se queden para sólo ideas,
no immitables de nadie, a ti ajustadas,
sólo a ti, porque sola en todo seas.


Ahora en las regiones estrelladas
las alas de tu altivo pensamiento
anden cual siempre suelen remontadas;


o en más humilde y blando sentimiento
de la fortuna culpen el agravio
de no ajustarse a tu merecimiento;


o del mordaz el venenoso labio,
que a nadie perdonó, también se atreva
a mostrar en tu envidia su resabio;


doquiera que te hallare esta voz nueva,
en cielo, en tierra, en gusto o en disgusto,
a oírla un rato tu valor te mueva.


Que si es en todo obedecerte justo,
esto es hacer con propriedad mi oficio,
y conformar el mío con tu gusto.


Mándasme que te escriba algún indicio
de que he llegado a esta ciudad famosa,
centro de perfección, del mundo el quicio;


su asiento, su grandeza populosa,
sus cosas raras, su riqueza y trato,
su gente ilustre, su labor pomposa.


Al fin, un perfectísimo retrato
pides de la grandeza mexicana,
ahora cueste caro, ahora barato.


Cuidado es grave y carga no liviana
la que impones a fuerzas tan pequeñas,
mas no al deseo de servirte y gana.


Y así, en virtud del gusto con que enseñas
el mío a hacer su ley de tu contento,
aquestas son de México las señas.


Bañada de un templado y fresco viento,
donde nadie creyó que hubiese mundo
goza florido y regalado asiento.


Casi debajo el trópico fecundo,
que reparte las flores de Amaltea
y de perlas empreña el mar profundo,


dentro en la zona por do el sol pasea,
y el tierno abril envuelto en rosas anda,
sembrando olores hechos de librea;


sobre una delicada costra blanda,
que en dos claras lagunas se sustenta,
cercada de olas por cualquiera banda,


labrada en grande proporción y cuenta
de torres, chapiteles, ventanajes,
su máchina soberbia se presenta.


Con bellísimos lejos y paisajes,
salidas, recreaciones y holguras,
huertas, granjas, molinos y boscajes,


alamedas, jardines, espesuras
de varias plantas y de frutas bellas
en flor, en cierne, en leche, ya maduras.


No tiene tanto número de estrellas
el cielo, como flores su guirnalda,
ni más virtudes hay en él que en ellas.


De sus altos vestidos de esmeralda,
que en rico agosto y abundantes mieses
el bien y el mal reparten de su falda,


nacen llanos de iguales intereses,
cuya labor y fértiles cosechas
en uno rinden para muchos meses.


Tiene esta gran ciudad sobre agua hechas
firmes calzadas, que a su mucha gente
por capaces que son vienen estrechas;


que ni el caballo griego hizo puente
tan llena de armas al troyano muro,
ni a tantos guió Ulises el prudente;


ni cuando con su cierzo el frío Arturo
los árboles desnuda, de agostadas
hojas así se cubre el suelo duro,


como en estos caminos y calzadas
en todo tiempo y todas ocasiones,
se ven gentes cruzar amontonadas. 


Recuas, carros, carretas, carretones,
de plata, oro, riquezas, bastimentos
cargados salen, y entran a montones.


De varia traza y varios movimientos
varias figuras, rostros y semblantes,
de hombres varios, de varios pensamientos;


arrieros, oficiales, contratantes,
cachopines, soldados, mercaderes,
galanes, caballeros, pleiteantes;


clérigos, frailes, hombres y mujeres,
de diversa color y profesiones,
de vario estado y varios pareceres;


diferentes en lenguas y naciones,
en propósitos, fines y deseos,
y aun a veces en leyes y opiniones;


y todos por atajos y rodeos
en esta gran ciudad desaparecen
de gigantes volviéndose pigmeos.


¡Oh inmenso mar, donde por más que crecen
las olas y avenidas de las cosas
si las echan de ver ni se parecen!


Cruzan sus anchas calles mil hermosas
acequias que cual sierpes cristalinas
dan vueltas y revueltas deleitosas,


llenas de estrechos barcos, ricas minas
de provisión, sustento y materiales
a sus fábricas y obras peregrinas.


Anchos caminos, puertos principales
por tierra y agua a cuanto el gusto pide
y pueden alcanzar deseos mortales.


Entra una flota y otra se despide,
de regalos cargada la que viene,
la que se va del precio que los mide:


su sordo ruido y tráfago entretiene,
el contratar y aquel bullirse todo,
que nadie un punto de sosiego tiene.


Por todas partes la cudicia a rodo,
que ya cuanto se trata y se practica
es interés de un modo o de otro modo.


Este es el sol que al mundo vivifica:
quien lo conserva, rige y acrecienta,
lo ampara, lo defiende y fortifica. 


Por éste el duro labrador sustenta
el áspero rigor del tiempo helado,
y en sus trabajos y sudor se alienta;


y el fiero imitador de Marte airado
al ronco son del alambor se mueve,
y en limpio acero resplandece armado.


Si el industrioso mercader se atreve
al inconstante mar, y así remedia
de grandes sumas la menor que debe;


si el farsante recita su comedia,
y de discreto y sabio se hace bobo,
para de una hora hacer refl . la media;


si el pastor soñoliento al fiero lobo
sigue y persigue, y pasa un año entero
en vela al pie de un áspero algarrobo;


si el humilde oficial sufre el severo
rostro del torpe que a mandarle llega,
y el suyo al gusto ajeno hace pechero;


si uno teje, otro cose, otro navega,
otro descubre el !nuncio, otro conquista,
otro pone demanda, otro la niega;


si el sutil escribano papelista
la airosa pluma con sabor voltea,
costoso y desgraciado coronista;


si el jurista fantástico pleitea,
si el arrogante médico os aplica
la mano al pulso y a Galeno hojea:


si reza el ciego, si el prior predica,
si el canónigo grave sigue el coro,
y el sacristán de liberal se pica;  


si en corvas cimbrias artesones de oro
por las soberbias arquitraves vuelan
con ricos lazos de inmortal tesoro;


si la escultura y el pincel consuelan
con sus primores los curiosos ojos,
y en contrahacer el mundo se desvelan;


y al fin, si por industria o por antojos
de la vida mortal, las ramas crecen
de espinas secas y ásperos abrojos;


si unos a otros se ayudan y obedecen,
y en esta trabazón y engarce humano
los hombres con su mundo permanecen,


el goloso interés les da la mano,
refuerza el gusto y acrecienta el brío,
y con el suyo lo hace todo Ilano.


Quitad a este gigante el señorío y
las leyes que ha impuesto a los mortales;
volveréis su concierto en desvarío.


Caerse han las colunas principales
sobre que el mundo y su grandeza estriba,
y en confusión serán todos iguales. 


Pues esta oculta fuerza, fuente viva
de la vida política, y aliento
que al más tibio y helado pecho aviva,


entre otros bienes suyos dio el asiento
a esta insigne ciudad en sierras de agua,
y en su edificio abrió el primer cimiento.


Y así cuanto el ingenio humano fragua,
alcanza el arte, y el deseo platica
en ella y su laguna se desagua
y la vuelve agradable, ilustre y rica.



Bernardo de Balbuena
Grandeza mexicana, 1604

(extraído de





_______

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Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Bernardo de Balbuena en

Wikipedia, pinchando aquí






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